William Burroughs, el desafío persistente de la contracultura

[Originalmente publicado en la sección de Ideas de La Nación,DOMINGO 17 DE SEPTIEMBRE DE 2017]

La publicación de su novela Los chicos salvajes renueva el interés por el padrino de la Generación Beat, cuya influencia no se apaga.

Por Andrés Hax

Hay ciertos escritores y artistas cuyas obras están signadas, ineludiblemente, por un acto biográfico central enigmático, grotesco o atroz. Van Gogh se cortó la oreja derecha (se dijo que lo hizo por amor desquiciado a una mujer, aunque nuevas versiones sugieren que fue su amigo Gauguin quien se la cortó en un duelo); Sylvia Plath se suicidó con el horno de gas en su cocina londinense en invierno, al alba, después de preparar el desayuno para sus dos hijos, que dormían en el cuarto de al lado; Rimbaud abandonó de cuajo la poesía para viajar a Etiopía, donde posiblemente traficó armas y mantuvo una amistad con el padre del futuro emperador de ese país y eventual mesías de los rastafari, Haile Selassie. En estos excéntricos anales artístico-biográficos el adusto padrino de la Generación Beat, el norteamericano William Burroughs, merece un capítulo propio. En una plácida noche mexicana, junto con amigos en una fiesta en una terraza, mató a su segunda esposa con la bala de un revólver. Fue un accidente.

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Ilustración: Sebastián Dufour.

En los años 40, Burroughs estaba viviendo en la ciudad de México. Su apodo era “el hombre invisible”, por su aspecto desganado pero elegante, causa, entre otras cosas, de su adicción a la morfina. Estaba allí, huyendo de problemas legales en Estados Unidos, que le hubieran significado un largo tiempo de cárcel: lo habían pescado cultivando marihuana en Texas.

Según la leyenda, Burroughs y Joan Vollmer (con quien ya tenía un hijo que, tras escribir dos novelas promisorias, murió a los treinta y tres años, derribado por el alcoholismo y la drogadicción) estaban con unos amigos en la terraza de su casa cuando el autor dijo: “Llegó el momento de nuestro show de Guillermo Tell”. Aunque nunca habían practicado semejante acto, Vollmer accedió al capricho y se colocó un vaso sobre la cabeza. Burroughs levantó el arma y disparó; mató a su esposa en el acto. El hijo fue enviado a vivir con los abuelos y Burroughs pasó un tiempo en la cárcel hasta que entre amigos y abogados logró ser exonerado.

Si relatamos en detalle este evento es porque fue literalmente el acto fundacional de la vida de escritor de William Burroughs. Antes de explicar por qué, hay que decir que Burroughs -de cuya muerte se cumplieron este mes veinte años- es un autor de profunda influencia cultural -venerado por figuras como David Bowie, Patti Smith y J.G. Ballard- y con una obra a la par de la de Samuel Beckett. Y es también un autor más complejo de lo que parece a primera vista.

Tomemos el ejemplo de la novela Los chicos salvajes: un libro de 1969, publicado ahora en la Argentina por El Cuenco de Plata en una excelente traducción de Márgara Averbach. Imaginemos una situación hipotética: un lector sólo tiene acceso a este volumen para comprender la obra entera de Burroughs. Su conclusión más probable sería que está frente a un degenerado o, en el mejor de los casos, a un extraño híbrido entre Franz Kafka y el Marqués de Sade. La novela es fragmentaria y mezcla humor negro, bizarros actos homosexuales masculinos, el uso desaforado de todo tipo de drogas, violencia y radicales consignas antisistema. Dentro de esta bruma (maravillosa o repugnante, según los gustos y el sentido de humor del lector), hay una trama que involucra una banda de chicos salvajes -los “Wild Boys”- que se unen en guerrillas lisérgicas para liberar a un Estados Unidos futurístico bajo un sistema de control político y policial represivo.

Doble influencia

Aquí está el meollo del asunto. Burroughs fue, y es, un estandarte de la contracultura estadounidense por dos motivos: uno superficial y otro complejo. Lo superficial viene de sus principales ejes temáticos: el uso y abuso de las drogas, el sexo (siempre, reiteramos, en el caso de Burroughs, homosexual, masculino y ultralúdico) y una militancia contra todo tipo de autoridad que abusa de su poder para controlar y reprimir. A lectura rápida, parece un impertinente talentoso, un guionista de vodevil pornográfico, un tirabombas, un nihilista.

Pero al leer la obra completa de Burroughs -junto con su vasto archivo de entrevistas- aparece un autor con una extraordinaria comprensión de los males de su coyuntura histórica. Un artista que no eligió su material, sino que fue elegido por él. Un autor cuya escatología y humor oscuro son tanto una válvula de escape para la psiquis colectiva de su país como un desafío a los supuestos derechos de libre expresión tan pomposamente enfatizados por los gobiernos estadounidenses.

De hecho, su novela más emblemática, Almuerzo desnudo (1959), fue censurada en el estado de Massachusetts por obscenidad. El debate llegó a la Corte Suprema de ese estado y entre los testigos de la defensa -en junio de 1966- estuvieron Norman Mailer y Allen Ginsberg, entre otros. La edición en inglés de Naked Lunch(Grove Press) replica la decisión del juez, declarando la novela “no obscena”. También replica las indagaciones del juez a los testigos.

Burroughs, como cualquier gran artista, sabe lo que hace y lo hace con un propósito. Pero también, como le sucede a cualquier gran artista, el material se le va de las manos y cobra vida propia. No escribe porque quiere. Escribe porque necesita escribir.

En la introducción de su novela Queer -escrita a principios de los años 50, pero publicada en 1985-, Burroughs explica qué pasó esa noche espantosa en México: “Estoy forzado a llegar a la atroz conclusión de que nunca me hubiera convertido en escritor si no hubiera sido por la muerte de Joan. Y de darme cuenta de cuánto este evento ha motivado y dado forma a mi escritura. Vivo con la constante amenaza de estar poseído y una permanente necesidad de huir de esa posesión, del control. La muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, el Espíritu Maligno, que me llevó hacia una lucha que me ha consumido toda la vida y en la cual no tengo ninguna alternativa salvo escribir”.

Como coralario a esta cita está una declaración de su entrevista con The Paris Review en 1965: “Definitivamente, mi intención es que las cosas que escribo se tomen literalmente, para que las personas se enteren de la verdadera criminalidad de nuestros tiempos. Para que se despierten. Todo mi trabajo está dirigido contra quienes están decididos -por diseño o por estupidez- a destruir el planeta o a hacerlo inhabitable? Trabajo con la precisa manipulación de palabra e imagen para crear una acción en el lector.”

Se puede creer o no, pero Burroughs está en todas partes. Está en la tapa de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, en la tercera fila entre Marilyn Monroe y el gurú hindú Sri Mahavatar Babaji. Estuvo en la entrega del último Premio Nobel de Literatura que se dio, sabemos, a Bob Dylan, en cuya ausencia lo recibió Patti Smith (Éramos unos niños, de Smith, muestra la enorme influencia de Burroughs en su vida). Estuvo cuando a principios del año pasado la muerte de David Bowie conmovió al mundo: Bowie, al decidir retirar su álterego Ziggy Stardust de los escenarios, leía y releía Los chicos salvajes para sondar el próximo paso en su evolución artística. Burroughs está en la obra de Jack Kerouac. ¡Hasta es protagonista de una publicidad televisiva para las zapatillas AirMax de Nike!

Una de las operaciones mágicas de la literatura es que redime al criminal, al alma perdida. En esto, se parece a la religión. Por más desgraciado que alguien sea, por más retorcida que sea su imaginación o por más extremas o antisociales que hayan sido sus experiencias de vida, si alguien puede transformar su existencia en un sistema literario -una novela, un libro de poemas, una obra de teatro-, todo eso no habrá sido en vano.

La biografía de Burroughs es moralmente compleja, por no decir sórdida. Su obra roza la inmoralidad, es subversiva y, para algunos, peligrosa. Pero su sola existencia y circulación demuestran una sociedad tolerante, dispuesta a ser desafiada en sus creencias y moralidades. Escribía como si fuera un problema de vida y muerte. Conocía el territorio en cual trabajaba (se recibió con honores en Letras de Harvard) y apuntaba allí al máximo premio.

Hay que leer a Burroughs, como hay que leer a Kafka y a Philip Dick. Como los animales que sienten el temblor antes del cataclismo, estos autores anticiparon un futuro de espantos. En Kafka, los campos de concentración del Tercer Reich. En Dick, el auge de las corporaciones y sus sistemas de vigilancia y control en remplazo de gobiernos democráticos y vidas libres.

¿Y en Burroughs? Aún es difícil afirmarlo con precisión. Para ser pragmáticos, se puede decir que se ocupa de algunos fenómenos que conmueven a Occidente: el consumo de drogas (legales e ilegales), el significado del sexo (en todas sus expresiones) y la ultraviolencia (desde las guerras hasta la violencia doméstica). Las obras de Burroughs se enfrentan a estos campos existenciales de una manera sin precedente. Al leerlo completo, se puede comprender el mundo de una manera que pocos se atreven a contar. Pueden empezar por Los chicos salvajes pero, por favor, sigan leyendo.

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