El rumor del Apocalipsis. Entrevista con Ursula K. Le Guin

[Publicado originalmente en Clarín 12.2.2005]

La creadora de la saga de “Terramar” teme por el destino humano. Le otorga un gran papel al arte y admira las obras de Gorodischer y de Bodoc.

Por Andrés Hax

Dialogar por correo electrónico con Ursula K. Le Guin —una de las eminencias de la ciencia-ficción, y una de los mejores escritoras estadounidenses, sea cual fuere el género— causa sorpresa y alivio. Sorpresa porque hasta una breve nota burocrática de ella llega a asombrar con su mezcla de lo cotidiano y lo pasmoso. Y alivio porque, al fin, es lo que uno espera de un gran escritor.

Contesta el pedido de ser entrevistada en un tono formal, pero sin resultar distante; acuerda los detalles, y menciona que está un poco ocupada con el quehacer hogareño. Concluye el correo electrónico con la siguiente información: “Te tengo que decir que a 60 millas de la ventana de este cuarto nuestro volcán, el Monte Santa Elena, durante todo el día ha desprendido una gran y bella pluma de vapor y ceniza, ahora blanca y dorada como un fuego en la última luz del sol de invierno— es totalmente asombroso — uno no puede parar de mirar este espectáculo de la tierra rehaciéndose. Chao, Ursula.”

Le Guin es más conocida por su serie de novelas situadas en un arquipiélago mítico llamado Terramar. Aunque ha sido comparado con el ciclo del Señor de los Anillos en realidad es un mundo menos bélico y no tradicionalmente fantasioso como el de Tolkien. Su imaginación está entrelazada con la antropología y con las enseñanzas del Tao Te Ching (del cual se pasó cuarenta años haciendo una traducción).

En la introducción de una de sus novelas más célebres, La mano izquierda de la oscuridad, escribió: “El artista trata lo que no se puede decir en palabras. El artista cuyo medio es la ficción hace esto con palabras. El novelista dice, en palabras, lo que no se puede decir con palabras.”

Cuál es la revelación más sorprendente que ha hecho la ciencia-ficción sobre la naturaleza humana que no ha logrado la literatura convencional

No sé si la ciencia-ficción ha logrado muchas revelaciones sobre la naturaleza humana; creo que eso es el trabajo del teatro o de la novela realista. Lo que yo más valoro de la ciencia-ficción es que coloca a lo humano en el contexto de lo no humano, haciendo que lo no humano sea una parte esencial del relato. Por supuesto esto de sacar del centro al ser humano es lo que mucha gente odia de la ciencia ficción.

Uno como escritor —creando mundos y personajes tan vastos y abundantes— llega a sentirse como una especie de semi-Dios

Tengo una fuerte sensación de lo sagrado, pero no entiendo para nada la idea de “Dios”. ¡Y no tengo el menor interés en identificarme con esa idea! Hay un elemento de lo sagrado en lo que hago con mi arte, desde ya. Mientras escribo encarno ese espacio sagrado, de la manera en que lo encarna un payaso con una cabeza de barro como se hace en los bailes de los Zuni. El problema con muchos de los Grandes Escritores podría ser que justamente se confunden con Dios. Un dios masculino, un dios seminal. Prefiero los cabezas de barro.

Cuáles son los nuevos autores de su género que más admira?

Evito esta pregunta porque la respuesta inevitablemente causa rencores. Mencionaré sólo un nombre: Liliana Bodoc.

Piensa que llegará un punto en el que los avances tecnológicos alterarán fundamentalmente a la naturaleza humana.

Nosotros y nuestras herramientas —sean fuego y hacha de piedra, o computadoras y ingeniería genética— somos una entidad, un proceso. Nos desarrollamos juntos, y cada uno ayuda a que el otro se desarrolle: la humanidad y la tecnología tienen la misma historia y el mismo destino. Pero no nos impone este destino un Dios, no es ineluctable. Podemos elegir lo que hacemos y lo que construimos. No estamos obligados a usar o desarrollar cualquier tecnología por mas “tecnológicamente dulce” que sea (ése era el término de Oppenheimer para el trabajo que desarrolló la bomba atómica). El continuo desarrollo tecnológico que demanda gran riqueza y un gran desgaste de recursos naturales no es una ruta ineluctable. Dirigida como está ahora, por naciones y corporaciones sin ninguna consideración salvo ganancias y poder, es una ruta hacia la ruina. Es fundamental que el Homo faber considere qué construye y por qué lo construye.

Me puede comentar un poco sobre su traducción de – Kalpa Imperial– de Angélica Gorodischer.

Estaba aprendiendo castellano por mi cuenta, primero leyendo una traducción de uno de mis propios libros, y después a Borges, quien resulta maravillosamente transparente a lectores anglófonos. Angélica, a quien había conocido, me mandó Kalpa Imperial. Decidí que no me iba a permitir leerlo sin traducirlo a la vez. Al comienzo fue meramente un ejercicio… Antes de eso había colaborado con Diana Bellessi en una traducción mutua de nuestros poemas (Gemelas del Sueño/The Twins, the Dream. Norma, 1998). Y después, gracias a Diana, me enamore de Gabriela Mistral y me pasé años traduciendo sus poemas. Volví a Kalpa y terminé el trabajo con gran alegría. Es ridículo que su obra no sea más conocida aquí.

¿Cuál es tu sensación intuitiva sobre el estado del mundo?

Nuestra especie está sobreproduciendo; esta mal usando los recursos de los cuales depende; las guerras que ahora estamos peleando por petróleo posiblemente las estaremos peleando por agua dentro de poco. No tengo una imaginación apocalíptica, pero cualquiera que se pone a escuchar puede oír los cuatro jinetes del Apocalipsis —hambruna, peste, guerra y muerte— acercándose más cada día. Mis sobrinas conocerán sus caras.

¿La literatura puede jugar un papel en mejorar el mundo?

Si, creo que la literatura y todas las artes juegan un papel fundamental en la sociedad. Su función principal tal vez sea crear, enseñar y mejorar la comunidad: decir, “Esto es lo que somos: somos este pueblo y así vivimos bien, y así vivimos mal”. La comunidad puede existir a un nivel tribal, como en los mitos de los Indios Americanos; o comprendida muy ampliamente, más allá de los límites nacionales —y hasta más allá de los límites de especies— como en mucha literatura moderna. La idea de un arte elitista es absurda. El movimiento del arte existe para juntar e incluir. En un poema, mi amada Gabriela Mistral dice “Dame la mano y danzaremos”.

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