Cómo leer La carretera

Viggo Mortensen, en la adaptación de la novela hecha por John Hillcoat en el 2008.
Viggo Mortensen, en la adaptación de la novela hecha por John Hillcoat en el 2008.

[Publicado originalmente en el blog de Eterna Cadencia el 26 de marzo, 2015]

¿De qué manera puede la adaptación al cine de La carretera por el director australiano John Hillcoat acercarnos al texto de la novela de Cormac McCarthy? ¿Puede ayudarnos a apreciarla de una manera más profunda aun que con la lectura del texto en sí mismo?

Por Andrés Hax.

1.

La última novela que publicó Cormac McCarthy, en el 2006, La carretera, fue su décima. A los 81 años, se sabe que está trabajando en por lo menos una más, titulada provisoriamente The Passenger. Pero no hace falta. Su obra está completa. Esos diez volúmenes (además de dos obras de teatro, un teleplay y un guión de cine) trazan una línea narrativa de principio a fin de gran perfección, casi como si hubiera sido premeditada. Arrancan por el mundo rural de Tennessee en el cual protagonistas abyectos cometen actos brutales como necrofilia e infanticidio. En su centro esta la obra maestra Meridianos de sangre (1985) que relata las violentas y psicóticas aventuras de una banda liderada por un ilustrado pero depravado “juez”: cazan nativos americanos como parte del genocidio, promocionado por el mismo gobierno de los EEUU para despoblar la frontera en preparación de su asentamiento. La trilogía de la frontera (Todos los hermosos caballos, 1992; En la frontera, 1994; Ciudades de la llanura, 1998) es un western digno de los grandes novelistas rusos del siglo XIX; mientras que la penúltima novela, No es país para viejos (2005), podría ser leída como un western contemporáneo en el cual el narrador, un sheriff –veterano de la Segunda Guerra Mundial– literalmente ya no comprende el mundo por la intensidad de la violencia de los crímenes que le toca investigar.

Es un resumen exageradamente breve, además de incompleto. Podemos cerrar señalando que los elementos más prominentes de la obra completa de Cormac McCarthy son los paisajes naturales bajo la amenaza de la modernización; la capacidad bestial de crueldad que posee el hombre y los infiernos que eso trae al mundo tanto para el mismo como para los animales con los cuales comparte la tierra; la persistencia de un héroe al intentar actuar con dignidad dentro de la moral fundamentalmente nihilista del mundo; el aprendizaje –tanto pragmático como moral– entre un niño (o adolescente) y un mayor; y por fin un uso poético del lenguaje –con su fuente por partes iguales en Faulkner como en el Viejo Testamento– para construir este complejísimo mundo ficcional.

Finalmente, como acto final y clave maestra de todo esto tenemos la desoladora novela pos-apocalíptica, La carretera. Que saca la flora, que borra la fauna, que elimina la sociedad moderna y sus infinitas y complejas costumbres y tecnologías, dejando solamente un padre y un hijo caminando por un Nuevo Mundo gris y frío rodeado por jaurías de hombres que han adoptado el canibalismo como su modo de supervivencia. Empujando un carrito de supermercado que contiene todo su patrimonio, esperan toparse con una célula viva de la civilización. Siguen para delante con estoicismo, por un lado, además de una frágil fe en la bondad del hombre y su capacidad de perdurar con dignidad y amor por el prójimo.

No cometo ningún spoiler si cito el último párrafo de la novela (¡y el epitafio mismo de la obra completa de McCarthy!), en la traducción de Luís Murillo Fort:

Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.

2.

Vamos ahora al asunto que nos convoca en esta nota. ¿De qué manera la adaptación al cine de La carretera por el director australiano John Hillcoat puede acercarnos al texto de la novela? ¿Puede ayudarnos a apreciarla de una manera más profunda aun que con la lectura del texto en sí mismo?

Conviene saber que McCarthy mismo aprobó la película y hasta participó marginalmente en su creación, hablando tanto con el director como con el protagonista Viggo Mortensen sobre su visión de la obra. Son conversaciones que un amante de McCarthy habría pagado con meses de su propia vida para presenciar. Milagrosamente tenemos un registro aunque sea, una entrevista –de noviembre de 2009– con un periodista del Wall Street Journal en la que también participó Hillcoat. Es una de las menos de diez entrevistas que McCarthy ha concedido en toda su carrera. Como tal, es un tesoro para McCartianos.

Empieza la entrevista con Hillcoat confesando al novelista: “Me sacaste una enorme presión cuando me dijiste, «Mira, una novela es una novela y una película es una película. Son diferentes.»” McCarthy, entre otras cosas, revela que mucho del dialogo del libro es tomado directamente de conversaciones que el tuvo con su hijo, John, a tal punto que lo nombra jocosamente como coautor del libro.

Acá tenemos un punto de entrada, entonces, para nuestro análisis. Los diálogos. Es la columna vertebral tanto de la novela como de la película. La carretera tiene algo de novela picaresca mezclada con el teatro final de Samuel Beckett, incluyendo –por fin– recursos clásicos del género pos-apocalíptico. Son dos tristes figuras protegiendo unas últimas brasas de esperanza y con un objetivo de descarte de seguir caminando hacia el sur. Están reducidas a una vida animalesca. No obstante, buscan sus placeres y hablan todo el tiempo, aunque sea escuetamente.

El chico nació después del cataclismo apocalíptico –no conoce otra vida. Lo único que quiere el padre es salvar el hijo. Cuando le habla tiene que encontrar una forma de darle esperanza (mientras que, al mismo tiempo, tiene que instruirlo en cómo suicidarse con el revolver que llevan, en el caso que el padre se muera y no lo pueda cuidar más contra los del mundo endemoniado.) Los diálogos cargan con todo este peso. Son minimalistas, casi litúrgicos, de pregunta y respuesta. Funcionan como una obra dentro de la obra.

3.

Avancemos este breve ensayo con un ejercicio. Los materiales son:

A. La edición de La carretera de la “Biblioteca de Intriga y suspenso” de Sudamericana, que tiene el rostro de Viggo en la tapa, con aspecto de monje medieval (es la edición más fácil de conseguir en una librería de viejo y la más barata…y para nuestros propósitos es ideal porque conjura el texto y la película en un mismo objeto). Abran el libro a la página 23.

B.Una copia de la película. Está en Netflix, pero consíganla como puedan: allí pasen al minuto 25 con 20 segundos (la escena que vamos a considerar termina en el 26:51)

Esta es la situación. El padre y el hijo están en un supermercado abandonado. El padre ve una máquina expendedora de gaseosas. Con un mínimo esfuerzo, logra sacar una lata:

¿Qué es papá?
Una chuchería. Para ti.
¿Qué es?
Ven. Siéntate.
Aflojó las correas de la mochila del chico y dejó la mochila en el suelo detrás de él y metió la uña del pulgar bajo el gancho de aluminio en la parte superior de la lata y la abrió. Acercó la nariz al discreto burbujeo que salía de la lata y luego se la pasó al chico. Toma, dijo.
El chico cogió la lata. Tiene burbujas, dijo.
Bebe.
El chico miró su padre y luego inclinó la lata para beber. Se quedó allí sentado pensando en ello. Está muy rico, dijo.
Así es.
Toma un poco papá.
Quiero que la bebas tú.
Solo un poco.
Cogió la lata y dio un sorbo y se la devolvió. Bebe tú, dijo. Quedémonos sentados aquí un rato.
Es porque nunca más volveré a beber otra, ¿verdad?
Nunca más es mucho tiempo.
Vale, dijo el chico.

Este diálogo y las descripciones que lo acompañan nos ubican en un lugar (un supermercado) y delante un artefacto (una lata llena de Coca Cola) cuyo valor simbólico ha sido totalmente reconfigurado por el la catástrofe que ha terminado con el mundo civilizado. El padre puede ver estas cosas con la doble mirada del pasado y el presente. Para el niño, sin embargo, son lo que son: un edificio derrumbado y un contenedor de aluminio con un liquido dulce y burbujeante. Es un retrato del fin del mundo hecho con unas cien palabras, con una máquina de escribir y una hoja de papel.

Relean la escena. Si leyeron la novela, mejor. Imagínense, en minucioso detalle, como se desarrolla la acción: ¿Cómo están sentados el padre e hijo? ¿Qué ruidos hay? ¿Como es la luz? ¿ Cómo son las caras y las posturas de cada figura mientras que hablan sus palabras? Todas estas imágenes seguramente entraron a la velocidad de luz en tu conciencia cuando leíste el pasaje. Esta todo allí para que lo desenvuelvas.

Con esa imagen fija en sus conciencias, miren la escena de la película.

En cada escena –la escrita y la filmada– pregúntense: ¿sobre qué apoyan su peso las palabras? ¿De dónde sale su potencia? ¿Cómo es que a partir de palabras me imagino un mundo no explícitamente descripto? Y, por otro lado: ¿Cuando veo la escena en la película realmente le estoy prestando atención a las palabras como formas en sí mismas, como cosas escritas? ¿O toman un segundo plano detrás de gestos, colores y sonidos?

Son preguntas abiertas sin respuestas correctas.

4.

En la entrevista del Wall Street Journal, el periodista le pregunta a McCarthy si, visitando el set de la película, le resultó parecido al mundo que él se iba imaginado al escribir la novela. El novelista contestó: “Supongo que mi idea de lo que pasaba en La carretera no incluía entre 60 y 80 personas y un montón de cámaras. Hice una película hace como treinta años con el director Dick Pearce, en Carolina del Norte, y yo pensaba: Esto es el infierno. ¿Quién quiere hacer esto? Yo, en cambio, me levanto, me tomo un café, doy unas vueltas, leo un ratito y después me siento tipeo unas palabras y miro por la ventana.”

La repregunta del periodista es: “¿Pero no hay nada que le llama la atención sobre el proceso colaborativo con el trabajo solitario del escritor?” y McCarthy contesta: “Si. Me llama la atención evitarla a toda costa.”

5.

Tareas para el hogar.

Vean los dos otros largometrajes de Hillcoat: The proposition (2005) y Lawless (2012). ¿En qué formas la temática y estética se compara con la de McCarthy?

La banda sonora de La carretera está hecha por Nick Cave (quien escribió, entre paréntesis, el guión de Lawless). Escuchala en YouTube. ¿Cómo retrata el mundo de McCarthy en su décima novela? ¿Enfatiza más la esperanza o la desesperación de la situación? ¿Es posible escuchar esta banda sonora como la lectura de Cave de la película? Una novela es una traducción del mundo que un escritor tiene en su cabeza. La adaptación de esa novela al cine es, a su vez, otra traducción. ¿La música de Cave se puede considerar como una traducción también, de un formato a otro?

Hablando de traducciones, cerramos esta nota con el último párrafo de La carretera, pero en su idioma original. ¿Esta bien la traducción al castellano? Comparen el sonido del inglés con el del castellano. McCarthy es un autor para quien las palabras en sí son mundos. En este caso: torsional, vermiculate, hummed… Traducirlo es como traducir poesía. Se pierde mucho. ¿De cual traducción a cual se perdió más? ¿Del inglés al castellano? ¿O del inglés al celuloide?

Once there were brook trout in the streams in the mountains. You could see them standing in the amber current where the white edges of the their fins wimpled softly in the flow. They smelled of moss in your hand. Polished and muscular and torsional. On their backs were vermiculate patterns that were maps of the world in its becoming. Maps and mazes. Of a thing which could not be put back. Not be made right again. In the deep glens where they lived all things were older than man and they hummed of mystery.

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