Beckett y el comienzo del final: Alrededor de El innombrable

[Originalmente publicado en el blog de Eterna Cadencia 17-10-2016]

“La semblanza de una conciencia, de una persona íntegra, de un ser intentando definirse en el mundo. Pero resbalándose, yéndose, olvidándose de sí mismo y de las palabras”. Una lectura de El innombrable (Ediciones Godot).

Por Andrés Hax

 

Beckett y el comienzo del final

Por Andrés Hax.

1.

Cuando Samuel Beckett (1906-1989) era un hombre joven, el psicoanálisis era ilegal en Irlanda. Por esos motivos, entre otros, se fue a vivir a Londres, donde se analizó por varios años, finalmente destrabando un gran bloqueo que tenía con la escritura. Sin embargo, como sabe cualquier lector –aunque sea casual– de Beckett, su relación con la escritura siempre fue tortuosa. Tal vez su bloqueo consigo mismo era algo intrínseco, nato. Pero también es verdad que una gran parte de esa angustia era, justamente, la angustia de la influencia. No solo admiraba a James Joyce, el gran escritor irlandés de principio del Siglo XX, si no que también lo conocía íntimamente. Lo ayudaba a escribir (algunas biografías, erróneamente, dicen que fue su secretario); por un rato usaba zapatos demasiado chicos para sus pies en un intento emular a su maestro hasta en su vestimenta. La hija de Joyce –quien terminó sufriendo graves enfermedades mentales– quiso casarse con Beckett.

Problemas por donde mires. Pero el problema central fue la monumentalidad de Joyce. ¿Cómo se podría atrever un escritor irlandés a escribir en inglés después de Ulises y Finnegans Wake?

Una de sus soluciones fue comenzar a escribir directamente en francés, convirtiéndose así en uno de los pocos escritores que pudieron crear una obra universal en una lengua que no era la materna (están también Joseph Conrad y Nabokov).

Aunque de igual importancia fue una epifanía. Beckett se dio cuenta de que si la tarea literaria del maestro había sido la de agregar detalles al mundo, su tarea –la de Beckett– era la de sustraer del mundo. Así que vemos la obra completa del fotogénico Samuel Beckett extinguiéndose a través de su largo curso. En El innombrable (de 1953, que acaba de editar en Argentina Godot), tercera novela de la trilogía que incluye Molloy (1951) y Malone Muere (1951), presenciamos el comienzo del final. Pronto la obra de Beckett consistirá en meras voces en la oscuridad repitiendo frases. En El Innombrable aun tenemos la semblanza de una conciencia, de una persona íntegra, de un ser intentando definirse en el mundo. Pero resbalándose, yéndose, olvidándose de sí mismo y de las palabras.

Después de esta novela, la obra –tanto en verso, prosa y teatral– de Beckett, se comienza a fragmentar y a disminuir gravemente. Sus últimos trabajos parecen registros de conciencias disminuidas por el Alzhéimer.

 

2.

Más allá de sus contenidos, que no necesitan ninguna defensa u explicación (cada obra de Beckett es una de las grandes obras del Siglo XX) podemos recomendar esta nueva edición de El innombrable por la calidad de la traducción de Matías Battistón y por el la belleza del objeto físico del libro. La tapa es toda negra, con las letras de su autor en una fuente plateada; abajo el título de la obra en el mismo color. Al abrir la tapa vemos un dibujo de Beckett, un ícono tanto de estilo como de las letras.

Este texto, además, es la fuente de una de las frases más citadas de Beckett: “Quizá me trajeron hasta el umbral de mi historia, delante de la puerta que se abre a mi historia, eso me sorprendería, que se abriera, voy a ser yo, va a ser el silencio, en el que estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, no puedo seguir, voy a seguir”.

Si sos escritora o escritor y estás trabado, lo podés utilizar como una mantra u oración: no puedo seguir, voy a seguir.

A Beckett le sirvió.

 

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