La literatura no sirve para nada

[Originalmente publicado en el blog de Eterna Cadencia 18-07-2016]

1.

A los siete años, casi ocho, más o menos la misma edad que tiene mi hijo ahora, tuve mi primera crisis existencial. Aunque no lo podría haber puesto en esos términos en ese momento, sin dudas se trató de eso. Fue con la primera Star Wars, que ahora se llamaEpisode IV. A New Hope. Como millones de chicos que vieron esa película en el verano boreal de 1977, o tal vez más tarde y en otra temporada acá en el sur, quedé anonadado. Fue un antes y después en mi mundo imaginario y en mi conciencia, entre otras cosas porque nunca había visto algo así en mi vida. Al menos no en el cine. Pero lo que me pasó específicamente es que vi a Han Solo y a Luke Skywalker y allí reconocí que hay dos tipos de hombres (de personas). Y supe inmediatamente cuál era yo, el que iba ser yo para siempre. Y que no había nada que hacer para cambiar mi destino. Era Luke.

Han Solo hace lo que le parece que tiene que hacer en cada momento. No piensa, actúa. Vive el ahora. No se acompleja por el pasado ni por el futuro. No tiene miedo. Todo le sale bien. Y si le sale mal, lo olvida al instante. Luke, en cambio, es un pusilánime e insufrible pendejo que no está satisfecho con nada. Aunque es un talentoso piloto y tiene linaje de Jedi, tiene un desorden mental, afectivo y emocional tan grande que se vuelve incapaz vivir, simplemente, sin remordimientos y angustias por el futuro. Sin ser tan elegante ni culto como Hamlet, duda y procrastina como ese misterioso príncipe de Dinamarca.

2.

Parece un chiste, pero mi dolor infantil era muy intenso y profundo y dura hasta el día de hoy. Gran parte de ese dolor tiene que ver con darme cuenta de un aspecto básico de la vida humana: uno no puede elegir su carácter. Nace con él. De niño me preguntaba, indignado, por qué no podía elegir ser Han Solo. Ser ese tipo de persona. Comencé una serie de ejercicios y adopté ciertas actitudes que imaginaba que me llevarían hacia ese estado existencial. Una cosa que hice, por ejemplo, fue unirme al equipo de fútbol americano (era gringo y vivía en los Estados Unidos). Fueron dos años de sufrimiento, ineptitud y golpes duros. Pero otra cosa que hice fue leer. Así, seguramente podría efectuar una transubstanciación de mi alma. Endurecerme de alguna manera. Aprender a vivir. Ser otro. Lograr la transformación de Rimbaud y poder declarar Je est un autre.

Entonces Beckett, entonces James Joyce, entonces William Faulkner, entonces William Blake,Walt Whitman y Bukowski, por nombrar algunos maestros aleatoriamente. La lista es larga. Seguramente es muy parecida, más o menos, a la tuya. Pero mi pequeño canon de escritores y escritoras (mis favoritos, por decirlo de una manera más cursi) son, al fin, los que me demostraron y me demuestran lo pequeño que soy en espíritu, en talento, en voluntad y en imaginación. Son Han Solos.

Comparto esto no para flagelarme en público sino porque es la verdad. Y me imagino que muchos lectores y lectoras componen su circulo íntimo de héroes literarios de esta manera. Leen para ser mejores de lo que son.

Es importante reconocer este mecanismo y cuestionarse cómo funciona. Porque es la fase unode la vida del lector (de algún tipo de lector) y muchos nos quedamos trabados en ella (yo sospecho que me he quedado ahí). Y la literatura (palabra espantosa, imprecisa, pretenciosa) tiene que servir para algo más que eso. No es un sistema de adoración, de veneración, de escapismo quijotesco. Ni mucho menos de perfeccionismo moral o adorno cultural. No tiene que ser una huida del mundo real hacía un mundo de las ideas o un mundo interior. La literatura no tiene que ser un narcótico ni un deformado espejo narcisista.

¿Y cual sería la fase dos? ¿Esa en la que podríamos transformar la lectura para que fuera un lugar donde transfigurar nuestros caracteres?

Ojalá podría ser un dispositivo peligroso como una pistola cargada, o una cuenta bancaria con diez millones de dólares, o una arma discursiva capaz de destruir la agobiante realidad, como una confesión brutalmente honesta en una reunión familiar. Ojalá pudiera ser el punto de partida para una vida más real y no una excusa para abandonar la vida real. Si no sirve para eso, no sirve para nada. Si no, solamente es un pasatiempo pretencioso.

Yo creo que Rimbaud llegó a ver esto, pero lo vio de una manera muy esotérica y por fuera de los límites del lenguaje. Y que por eso lo dejó todo. Llevó a la literatura a su extremo –como escritor y como lector– y vio que allí ya no le servía más para seguir viviendo de verdad. Así que la abandonó. La vida estaba en otra parte, y todo lo demás era literatura.

3.

¿Qué hacemos, entonces? Nosotros que hemos quedado en la Fase Nº1 de la lectura, de la admiración. De adentrarnos en nuestros volúmenes venerados como fumadores de hachís en sus narguiles. ¿Qué hacemos para avanzar? Para salir de este estupor y entrar en una vida real. ¿Dejar de leer?

Puede ser. Pero es terrorífico imaginárselo. Hemos construido toda nuestra identidad alrededor del acto de la lectura. Hemos hecho un culto de ella y la hemos elevado a lo sagrado. ¿Puede ser que solamente estamos jugando con muñequitas articuladas? Aparte de perder un placer, ¿qué es lo que se perdería al dejar de leer ficción? (Porque en todo esto se asumía que estábamos hablando de ficción). Es posible que no mucho.

¿Es que no se dieron cuenta ya? La literatura no sirve para nada.

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