Matando a Cormac McCarthy

[Originalmente publicado en el blog de Eterna Cadencia 04-07-2016]

Como el alcohólico que sabe que se esta destruyendo con la bebida, ciertos usuarios de Twitter sabemos que esta red está —como mínimo— perjudicando severamente nuestra capacidad de concentración y —como máximo— derrumbando la integridad de nuestro ser. Para este columnista, una alerta más de esta lamentable y sórdida condición de adicto se encendió el 28 del mes pasado, al enterarme de la falsa muerte de Cormac McCarthy.

Parado en la esquina de Santa Fe y Ecuador, esperando la luz para cruzar, saqué mi teléfono en un gesto automático y abrí Twitter como en otra época uno podría haber prendido, inconscientemente, un cigarrillo. Leí un retuit comentado de Joyce Carol Oates anunciando el fallecimiento de McCarthy. Inmediatamente le saqué una captura de pantalla e hice mi propio retuit solemne (que desde entonces he borrado). Pensé, mirándome vanidosamente a mí mismo desde afuera, siempre recordaré exactamente dónde estaba parado al enterarme de la muerte de Cormac McCarthy.

Qué idiota soy, dios mío.

Cada lector o lectora tiene un autor u autora que tiene un efecto sobredimensionado en su vida. Más que un escritor favorito, es alguien con quien uno tiene una relación de idolatría traumática. Suele ser el escritor que rompió el mar helado dentro de nosotros cuando aun éramos jóvenes y estábamos arrancando en nuestra vocación de lectura. Para mí, ese escritor es McCarthy. La pregunta que me hice fue: al conocer que esta persona tan central en tu vida interior ha fallecido, ¿por qué recurriste a un gesto vacuo y, al fin, vanidoso, en vez de quedarte quieto y en silencio? De hecho, al cruzar Santa Fe, lo primero que hice fue pararme en la nueva esquina para fijarme si alguien había retuiteado mi retuit de un retuit (que decía: “Se nos fue”). Me puse contento, porque ya dos personas habían mordido mi anzuelo. Dios mío.

El desdén con cual escribiré ahora sobre el retuit original necrológico de Joyce Carol Oates tiene su motor en el desdén que siento por mí mismo.

Empecemos por lo más importante. Con solo tomar una pausa y releer el tuit original de la cuenta falsa de Alfred A. Knopf News se tendría que haber dado cuenta de que algo estaba mal:

URGENT. Author Cormac McCarthy dies for stroke.

Hay varios problemas con este tuit, pero el principal entre ellos es la construcción “dies for stroke”. Ningún escritor cuya lengua materna sea el inglés escribiría esto. Es lo que escribiría alguien que está traduciendo en su mente desde otra lengua, como si del italiano o del castellano. La frase correcta sería “dies of a stroke.” Es un error no menor, sino garrafal. Como si yo dijese, en castellano: “Cormac McCarthy muere porque un infarto”.

Por otro lado, está claro Joyce Carol Oates tomó una pausa para componer su necro-tuit, pero sin antes chequear fuentes, una confiable como The New York Times, por ejemplo. Ella misma, autora de decenas de libros y académica de gran prestigio, sabe que Knopf, la casa editorial de McCarthy, comunicaría la noticia a un importante periódico antes de divulgarlo torpemente en un tuit. Al ver que no estaba la noticia en ningún lado salvo en este tuit, Oates hubiera vuelto al de la falsa cuenta de Alfred A. Knopf y, con solo investigar un poquito, se hubiera dado cuenta de que algo andaba mal. Pero no.

Me imagino lo que le pasó. Le agarró la adrenalina del adicto de Twitter. En vez de reaccionar con humanidad pensó —tal vez sin siquiera articularlo ante sí misma— yo voy a ser la primera en difundir esta noticia.

El contraste entre la elegancia y la profundidad del tuit de Oates y la torpeza del tuit falso se agrega a la macabra farsa de este episodio. Y era elegante:

A great loss. Very sad. Profound writer & American (dark and intransigent) visionary.

Esta es la frase de una gran escritora. Observen el ritmo. Olvidémonos de los caracteres. Con sólo doce palabras y tres símbolos, comunica un mundo: emoción, crítica, explicación. Salvo porque es mentira, y así su elegancia y solemnidad la ponen en ridículo. En su defensa, le podría haber pasado a cualquiera (y, de hecho, muchos caímos en la trampa). A cualquiera que tenga parte de su conciencia enchufada a Twitter: una máquina de efemérides, un laberinto de vanidades, una ametralladora informática que, en el mejor de los casos, nos hace sentirnos menos solos y, en el peor de los casos, está socavando el silencio mental y la soledad interior que son la condición sine qua non de la literatura. Tanto de su lectura como de su escritura.

Tarde o temprano, Twitter va terminar. Otra aplicación la reemplazará, como parece que lo está haciendo actualmente Snapchat. No sé ustedes, pero estoy 99% seguro de que lamentaré toda la atención que dediqué en leer, escribir y pensar en Twitter. ¿Y si hubiese puesto todo ese tiempo y todas esas palabras y toda esa emoción en una obra?

Pero, así es como piensan los adictos. Es probable que, patéticamente, hasta que me lo arranquen de las manos o me metan en un hospital de recuperación para adicciones cibernéticas, seguiré embarrando mi mente en el caleidoscopio narcótico de Twitter.

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