Rockeros que escriben: hay literatura más allá de la música

[Publicado originalmente en la sección de Ideas de La Nación, 21 de febrero de 2016]

Bob Dylan, Patti Smith, Nick Cave, Morrissey: algunos de los músicos que brillan con luz propia y original en las letras

Por Andrés Hax

Cuando Morrissey subió al escenario del Teatro Opera el 9 de diciembre pasado sus reverentes apóstoles -como es su costumbre- llevaban ramos de flores y el cabello cortado en sincronía con su ídolo: un jopo estilo entre Elvis y James Dean, con los costados rapados. Pero no llevaban debajo de sus brazos ejemplares de los últimos dos libros del cantante inglés, fundador de The Smiths, nacido en el Manchester gris e industrial de 1959.

El primer libro de Morrissey es una autobiografía (titulada así: Autobiografía) de casi 500 páginas, publicada en 2013 como un Penguin Classics (hecho inédito para un autor vivo). Antes había sido solicitada desesperadamente por el editor de Faber & Faber, la casa editorial que ha publicado, durante el siglo XX, a poetas como Philip Larkin, W. H. Auden, Ted Hughes, T. S. Eliot y Seamus Heaney. Su segundo libro, no disponible aún fuera de Gran Bretaña, es una breve novela lanzada el año pasado por Penguin, titulada List of the Lost, sobre un equipo de atletismo en las afueras de Boston. Parece que es un bochorno. Se dice que tiene frases poéticas dignas de las mejores canciones de Morrissey (que están entre las mejores canciones del rock), pero que como narrativa no se sostiene. Tuvo el vergonzoso honor de ganar el Bad Sex Award de esta temporada, un premio irónico que laurea la peor descripción de sexo en una novela publicada durante el año.

Esto podría llevar al lector casual a pensar que cuando un cantante de rock se pone a escribir libros es simplemente por vanidad. Su ego desmesurado le hace pensar que si puede escribir brillantes canciones, no hay razón por la cual no pueda manejar la prosa con la misma eficacia. Es verdad que la mayoría de los libros “escritos” por ídolos del rock son biografías producidas por ghostwriters y que sus ejes son relatos de hedonismo y chismes sobre las peleas internas de las bandas en cuestión. David Lee Roth, de Van Halen; Stephen Tyler, de Aerosmith, Anthony Kiedis, de Red Hot Chili Peppers, y decenas de otros han escrito libros como ésos. No tienen mucho interés fuera de los grupos de fanáticos de esas bandas.

Pero dentro de un conjunto de libros que podríamos etiquetar con torpeza como de “rockeros que escriben”, hay un subgrupo que entra directamente en la literatura. O sea, libros que brillan más allá de las circunstancias de vida del autor o la autora. Libros que pasan con éxito la prueba si son evaluados con el mismo rigor con el que evaluamos la “literatura seria”.

Uno de los grandes placeres de los lectores es descubrir nuevos géneros, abandonar los prejuicios que los llevaron a considerar uno de ellos (la ciencia ficción, el policial, el cómic) como algo menor, y acceder a un nuevo mundo de lectura con las mismas exigencias y placeres que encontraba en sus géneros preferidos. La literatura del rock puede aportar ese placer. Aquí, un breve recorrido para iniciarse en ella.

El eterno candidato al Nobel

Hace tiempo ya que Bob Dylan es un serio candidato al Premio Nobel de Literatura. Este hecho despierta varias preguntas, entre ellas, si las letras de la música de rock, pop o folk son literatura. Es un tema para otra nota pero, como sea, quien considere con desdén la idea de un Dylan Nobel tendría que suspender su juicio hasta leer el libro de memorias del músico, publicado en 2004 y titulado Crónicas. Volumen 1.

No exageramos al afirmar que ese libro podría cómodamente compartir un estante con las cartas de Rimbaud, las de John Keats y los diarios del joven Rainer Maria Rilke. Como en esos libros, lo que vemos en Crónicas es el nacimiento de una vocación poética, el despertar al mundo, la lucha para cuidar y cultivar un talento y la audaz certeza de que el autor está poseído por el genio. En rigor, todo el texto es un especie de diálogo de Dylan con su propio genio.

Ese bello libro lo puede leer con enorme provecho una persona que nunca ha escuchado ni una canción de Dylan. Y también alguien que tiene una imagen preconcebida del cantante simplemente como un artista de protesta y “voz de su generación”. Bob Dylan, uno aprende leyendo Crónicas, tiene una sensibilidad que existe fuera del tiempo histórico. Aunque en sus canciones escribió sobre hechos contemporáneos, él experimentó esos eventos como parte de un continuo histórico más amplio.

Hay, por ejemplo, un pasaje en que narra que ha pasado un mes en la biblioteca pública de Nueva York, leyendo los diarios estadounidenses de mediados del siglo XIX, como si los hubiera comprado en el kiosco en la esquina de Times Square. El presente de Dylan incluía entonces la Guerra Civil estadounidense, la Gran Depresión y la construcción del puente de Brooklyn. Mientras camina por Greenwich Village en los años 50 y 60, a su lado van Walt Whitman y Edgar Allan Poe, tanto como sus colegas de la vibrante escena folk.

Nos ilustramos también, en el libro de Dylan, sobre cómo ese Greenwich Village fue un caldo de creatividad comparable con el París de Mallarmé o el Berlín de Brecht. Y más que nada, en Crónicas vemos el funcionamiento de una mente, de una imaginación, de una sensibilidad únicas. Tras leer ese libro, que además tiene una estructura fluida, no cronológica (en fin, poética), no parece tan raro imaginarse a Dylan con un Premio Nobel. Si una de las funciones de la literatura es hacernos habitar otro ser y aprender a ver el mundo a través de una inteligencia mayor que la propia, Crónicas. Volumen 1 es literatura pura.

Una obra lírica

Los grandes escritores cantantes de rock no se limitan a escribir sus memorias. Hay una novela de culto, clásica podríamos decir, que escribió Nick Cave -el australiano nacido en 1957, fundador de las bandas The Birthday Party y The Bad Seeds-, que sería importante que cualquier bibliófilo intente conseguir. Se llama And the Ass Saw the Angel (1989). En castellano fue publicada por la editorial Pre-Textos como Y el asno vio el ángel. El título viene del libro Números del Antiguo Testamento. Para ser preciso, es el verso 23 del capítulo 22 de ese libro. El que conozca las canciones de Cave verá que la novela es una extensión de su mundo imaginativo poblado por freaks de carnavales, asesinos y marginales violentos.

Y el asno vio el ángel, un relato que admirarían William Faulkner o Flannery O’Conner, trata acerca de un niño mudo llamado Euchrid Eucrow. Su madre es una perversa abusiva y su padre, un torturador de animales. La acción está situada en un lugar con resonancias del sur gótico estadounidense, con una población embrutecida por una interpretación cuasi medieval del cristianismo y su labor en el cultivo de la caña de azúcar. El narrador, incapaz de hablar, piensa en un lenguaje mestizo que cruza ritmos y temáticas del Viejo Testamento junto con lunfardo de su entorno y sus propias palabras inventadas.

Hay videos en YouTube en los que Cave explica la escritura de su libro y que dejan inmediatamente claro que su inteligencia es la de un narrador de excelencia. No es un libro arbitrario ni azaroso. Es una parte íntegra de su vasta obra lírica. Le llevó cinco años de escritura y es, entre otras cosas, una exploración del fenómeno del lenguaje humano. En la literatura contemporánea argentina se podría leer en conjunto con Plop de Rafael Pinedo.

Documento de época

Una de las recientes sorpresas del mundo editorial es el breve libro de memorias de Patti Smith, Éramos unos niños. Publicado en 2010, ganó una media decena de premios, incluyendo el National Book Award. Son memorias, pero se podrían leer como un bildungsroman. Cuenta cómo Smith, sin un peso, viaja a la ciudad de Nueva York con apenas 20 años, al fin de los años 60, para ser artista. Smith es más que una cantante de rock, aunque su álbum Horses es un reverenciado clásico del género. Hay dos figuras centrales en este libro, dos novios de Smith: el dramaturgo y actor Sam Shepard y el fotógrafo Robert Mapplethorpe. ComoCrónicas, se puede leer con gran placer sin conocer a los protagonistas, pero en realidad es un documento fundamental de una época irrepetible.

Cuando uno piensa en grandes figuras, del arte o de cualquier otro quehacer, muchas veces se olvida de que su futuro no estaba predeterminado. Lo brillante de Éramos unos niños es que retrata -recrea- ese estado tan frágil, tan inquietante, tan luminoso. Vemos a Sam Shepard, a Smith, a Mapplethorpe como seres anónimos, con hambre, con enormes sueños, pero ambiciones apoyadas meramente en su voluntad y su amor a la vida y el arte. Era más posible que fracasaran que que tuvieran éxito. Y el fracaso habría sido cruel. Pero se atrevieron. El libro muestra cómo la vida es una obra de arte, pero sólo si se la toma así, asumiendo catastróficos riesgos existenciales.

En cuanto a su valor documental, Éramos unos niños también retrata el Hotel Chelsea, el think tank maldito del punk, de la poesía, de la escritura y de todo lo maravilloso que salió del mundo del arte en Manhattan antes de que se convirtiera en una aldea dominada por e1 1 por ciento.

Un malpensado podría suponer que Éramos unos niños fue un golpe de suerte. Pero el año pasado Patti Smith publicó M Train, que se equipara con su libro anterior. Es un volumen de memorias y también un manual sui generis para artistas, o almas en búsqueda de su autenticidad. Patti Smith es una escritora de literatura.

No se puede concluir esta recorrida arbitraria sin mencionar otro luminoso libro, Rat Girl, de Kristin Hersch, cantante y fundadora de la banda Throwing Muses. Publicado en 2010, fue editado en castellano por Alpha Decay. Contemporánea de The Pixies y admirada por legiones de rockeros como Kurt Cobain, Hersh se crió en Providence e hizo sus primeros pasos en la música en Boston. Rat Girl, al igual que Éramos unos niños, se puede leer como una novela. Hirsh tiene una mente muy particular. Piensa de una forma rara pero bella. El libro tiene escenas de gran ternura, como la del contenedor que se estrella en una playa de Providence, lleno de botas de combate. Por una temporada, todos los chicos usaron ese calzado e intercambiaban botas entre ellos en un intento de conseguir un par de la misma talla.

Algo más. Dentro de 500 años, si la civilización sigue en pie, los historiadores culturales verán el rock como un arte y un fenómeno social autóctono y clave del siglo XX. Para explicar qué nos pasó, qué pensábamos, qué queríamos, qué amábamos, tendrán que estudiar esta forma musical, sus artistas, los conciertos, todo. ¿Será visto como una aberración? ¿Un síntoma de la decadencia de Occidente? ¿O serán considerados sus músicos como ahora vemos a los trovadores de la Edad Media? ¿Se los verá como compositores, cantantes y artistas que comparten un linaje con los primeros cantantes, o -nos atrevemos a plantear la hipótesis- hasta con el primero de nuestra historia: Homero, la piedra basal de la literatura occidental?

Estos libros, escritos por los protagonistas del rock, serán fundamentales para contestar, en un futuro lejano, esta pregunta que hoy puede parecer un despropósito sacrílego.

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