Sobre “La calle de los cocodrilos” | La realidad es tan fina como el papel

[Publicado originalmente en el blog de Eterna Cadencia el 13 de julio, 2015]

Cuando las metáforas llegan a un límite, la única manera de continuar un texto es a través de las imágenes. Sobre la relación entre Bruno Shulz y los hermanos Quay.

Por Andrés Hax

1.

En una serie artículos anteriores, hemos argumentado que ver la adaptación cinematográfica de una novela —aunque sea infiel o hasta defectuosa— puede ser una buena forma de iniciar una relectura del texto en cuestión. El cineasta y el novelista son, al fin, ambos narradores, por más que la materia prima con cual trabajan es drásticamente disimilar. Para reducirlo a sus nivel atómico, podríamos decir que el cineasta trabaja con luz y el escritor con letras. Y que a nivel macro ambos son creadores de mundos. Puede que pienses en Fellini o en Kafka, en Tarkovsky o en Virginia Woolf (para tirar nombres de manera totalmente aleatoria), pero lo que recuerdas es un mundo, un lugar real que has visitado. El cine y la literatura crean residuos de realidad en nuestra imaginación que compiten con las memorias de lo que llamamos la realidad.

Casi nunca pasa —pero a veces sí— que la versión fílmica de una gran texto literario resulta ser un par de esa obra. La luz y las letras no entran en contradicción, sino que se iluminan mutuamente. Un caso definitivo de esto es la adaptación, por los hermanos Quay, de “La calle de los cocodrilos”, un cuento de Bruno Schulz. Ambos artefactos están disponibles online, gratis. Cada uno es algo milagroso. El adjetivo es cursi, salvo que sea utilizado con exactitud. En el caso de este cuento corto y película de apenas 20 minutos, la palabra esta usada con precisión quirúrgica.

Antes de continuar, unas breves palabras sobre las obras y sus creadores.

El texto en cuestión fue publicado en 1934, por Schulz, en una colección titulada originalmente Tienda de Canela. Vivió toda su vida en el pueblo de Drohobych, en su momento territorio de Polonia (tras ser parte del Imperio austrohúngaro), después de la Unión Soviética, y actualmente parte de Ucrania. Schulz se ganaba la vida como profesor de dibujo en una escuela secundaria. Aparte de su trabajo, Schulz era extremadamente solitario. Escribió los cuentos dentro una correspondencia con una amiga suya, Deborah Vogel, poeta y doctora en filosofía que vivía en el pueblo cercano de Lvov. Schulz murió a los 50 años, el 19 de noviembre de 1942, a manos de la Gestapo Nazi.

Los hermanos Quay (Stephen y Timothy) son gemelos nacidos en la ciudad de Filadelfia, Estados Unidos, el 17 de Junio de 1947. Han vivido en Inglaterra desde 1969. Son cineastas especializados en el animación stop motion. En el otoño boreal de 2012 el MoMA dedicó una retrospectiva a su obra. Aunque su obra tiene fuentes de animación polaca, es única e imposible de describir brevemente. Solo podríamos decir que en comparación, Tim Burton parce el más inocuo y pueril Walt Disney.

2.

El propósito principal de esta nota es alertar a la lectora, al lector, que estas dos obras asombrosas están disponibles online y que vale la pena verlos/leerlos en conjunto. Después, si quiere seguir pensando con otro, continuaremos con anotaciones y comentarios sobre los márgenes de ambas. Y también intentar de pensarlas como una sola. Pero primero lean “La calle de cocodrilos”, de Bruno Schulz, y vean “La calle de los cocodrilos”, de los Hermanos Quay.

Es importante que hagan esto tranquilos y sin apuros. No tiene que ser ahora. Si es de noche y en silencio y en oscuridad, muchísimo mejor.

3.

¿Vieron?

La obra de los Quay y la de Schulz son más que complementarias: son simbióticas. No es que la película es un reflejo del cuento. No son dos cosas separadas. Son un mismo organismo.

Lo más superficial que comparten estas dos obras es que son extrañas y que revelan mundos secretos escondido detrás de la pantalla de lo cotidiano. Resulta enormemente complejo explicar la naturaleza de esta extrañez. Cada vez que te estás acercando a una explicación, se te esquiva. Esto, justamente, es parte de la naturaleza del mundo que retratan. Es real, pero solo se vislumbra. Cuando lo miras fijo está, pero si te distraes desaparece. Una vez desaparecido lo banal se convierte en algo siniestro. Un cajón polvoriento, un maniquí en una vidriera, un par de zapatos viejos debajo de una cama, un espejo manchado en un baño de servicio… todos estas cosas se convierten en potenciales portales a un submundo o ultra mundo.

El cuento de Schulz comienza de una forma elegante y clásica. En su inicio hasta podría ser un cuento de Marcel Proust o Thomas Mann. El primer minuto de la película de los Quay también se circunscriba al realismo: un hombre en un teatro vacío haciendo preparaciones para no sabemos qué). Pero pronto, las cosas se ponen raras:

Pocos eran los que sin estar prevenidos se daban cuenta de la peculiaridad de aquel barrio: carecía de colorido; como si en aquel lugar de pacotilla que había sido levantado deprisa y corriendo no quedase sitio para el refinamiento de los colores. Todo era ceniciento, como en las fotografías antiguas o como en los folletos ilustrados a una sola tinta. Ese parecido era algo más que una sencilla metáfora puesto que, por momentos, al deambular por ese barrio se tenia realmente la impresión de hojear un folleto, entre cuyas aburridas secciones comerciales anidaban parasitariamente dudosos anuncios, noticias obscenas, ilustraciones equivocas; y esas errancias venían a ser tan inútiles y sin objetivo como la excitación de la fantasía ante las imágenes de las publicaciones pornográficas.

Aquí está una de las claves para poder empezar a entender cómo leer la obra. Es cuando Schulz dice «…algo más que una sencilla metáfora…» No tenemos opción de describir la realidad salvo con metáforas porque las palabras mismas funcionan metafóricamente. No son absolutas; son signos. En su cuento Schultz está describiendo una ciudad imaginaria, pero no es un mero invento, sino que es una meta-metáfora sobre la realidad que él percibe. Detrás del mundo de las apariencias late otro mundo. ¿Cómo explicarlo?

Al ir al texto para respuestas a estas intuiciones tenemos que tener en cuenta que estamos leyendo una traducción y que inevitablemente vamos a perder la precisión y poesía del original. En la traducción al castellano que hemos señalado en esta nota hay una frase que dice:

Esa realidad, fina como el papel, revela a través de todos sus poros su imitativa naturaleza.

Sin embargo, esa misma frase en la traducción al ingles por Celina Wieniewska (en la edición de Penguin Classics) dice:

Reality is as thin as paper and betrays with all its cracks its imitative carácter.

O sea:

La realidad es tan fina como el de papel y traiciona con todas sus grietas su carácter imitativo.

Son dos cosas muy distintas. Entre las dos suena más certera la de inglés porque suena más sorprendente. La realidad es tan fina como el papel.

Schulz está tratando de describir un mundo que se resiste a ser sometido al lenguaje. Es un mundo de las fuerzas ocultas detrás de los objetos, o dentro de ellos. Es el mundo espiritual después de la muerte de Dios.

Pero ahora sí nos estamos poniendo cursis. La mejor forma de explicar el misterio detrás o dentro (o descripto) por la obra de Schulz sería no con más palabras y más metáforas sino con imágenes y sonido. Eso es lo que hicieron los Quay. Y no hay tesis doctoral o ensayo o post en un blog que los pueda superar. Logran algo que es imposible hacer con palabras: explican el cuento metafóricamente y lo convierten en algo aun más extraño.

Una desagradable consecuencia de ver una película basada en un libro que amamos es que altera la imagen que habíamos construido en nuestra imaginación de los personajes y lugares del libro. Con “La calle de los cocodrilos” de los Quay esto no pasa (en nuestra opinión; cada lectora y lector estará o no de acuerdo). La película convive con el texto, lo complementa, lo explica, lo describe. Pero sin ser literal o didáctico. Es el mismo mundo, mostrado en otro medio.

4.

Cerremos con las palabras de Schulz mismo, explicando en una carta su escritura a su amigo, artista, escritor y filósofo, Stanisław Witkiewicz:

No sé cómo es que en la niñez llegamos a ciertas imágenes, imágenes de significancia crucial para nosotros. Son como filamentos dentro de una solución alrededor de la cual el sentido del mundo se cristaliza… Son significados que parecen estar predestinados para nosotros y estar esperándonos en el mismísimo comienzo de nuestra vida… Estas imágenes constituyen un programa, establecen el fondo fijo de capital de nuestra alma, que se nos es otorgado en intuiciones y sensaciones parcialmente conscientes. Me parece que el resto de nuestra vida se pasa en una interpretación de estas percepciones, en un intento de comprenderlas con la sabiduría que adquirimos, de pasarlas por el rango de intelecto que poseemos. Estas imágenes tempranas marcan las fronteras de la creatividad del artista. Su creatividad es una deducción de suposiciones ya hechas. No se puede descubrir nada nuevo. Sólo aprender al conocer más el secreto que le ha sido confiado a uno al principio. Su arte es una exégesis continua, un comentario sobre ese único verso que se le fue asignado. Pero el arte nunca desenredará ese secreto completamente. El secreto se mantiene irresoluble. El nudo en cual el alma fue atada no es un falso nudo que se desata con un truco. Al contrario, se hace más y más apretado. Intentamos desatarlo, trazamos el camino de sus cuerdas y de estas manipulaciones viene el arte…

Tareas para el hogar

* Schultz y los Quay trabaja en un género que tal vez no tenga un nombre específico pero que podría incluir a escritores y artistas como Franz Kafka, Odilón Redon, Eugène Atget y Eadweard Muybridge. ¿Este género esta aislado en el tiempo como el existencialismo o el surrealismo? ¿O es un género vivo aun con posibilidades de ser desarollado, ampliado y trabajado?

* ¿Recuerdan la primera pesadilla que tuvieron de niños? ¿O las primeras cosas que le causaron verdadero miedo y asombro? ¿“La calle de los cocodrilos” se parece a ellas?

* Por un rato hagan un esfuerzo de intentar ver a toda la actividad humana a su alrededor como si fuera una teatro de títeres; de ver todos los movimientos del mundo humano no como productos de una voluntad sino como respuestas automáticas de una inteligencia manipuladora, externa pero invisible. Inclúyanse a sí mismos en esta meditación: a sus propios movimientos y pensamientos.

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