Orhan Pamuk: “Escribir es irse a un monasterio”

El novelista rie...
El novelista rie…

[Publicado originalmente en la Revista Ñ, 3 de diciembre, 2011]

Antes de su llegada, el Premio Nobel turco dice que viajar a Buenos Aires es conocer un “mito literario”. Aquí presentará “El novelista ingenuo y el sentimental”, un libro que reúne sus ensayos sobre la escritura y los poderes de la ficción.

Por Andrés Hax

Desde niño, Orhan Pamuk quiso ser pintor. Y lo fue. Hasta que a los 22 años decidió que sería novelista. Abandonó la pintura y sus incipientes estudios universitarios: primero de arquitectura (para satisfacer a sus padres) y después de periodismo (para evitar el servicio militar). Se metió en un cuarto y se puso a escribir. Y a leer. Ambas actividades las practicó con fervor. Cuando su padre leyó el manuscrito de su primera novela (una especie de Buddenbrooks, que nunca ha sido traducida) le dijo a su hijo que un día ganaría el Premio Nobel. No logró publicarla hasta los treinta años pero nunca dejó de hacer otra cosa que escribir. De hecho su primer “trabajo” lo consiguió a los 54 años cuando fue contratado como profesor en la universidad de Columbia de Nueva York, un año antes de obtener el Nobel.

Pamuk es de esos benditos seres que creen que escribir y leer son actos filosóficos y espirituales. Que las novelas son segundas vidas que nos pueden parecer “más reales” que nuestra vida real. Que el propósito de escribir y leer es sentir una enorme felicidad.

Amén.

Si usted también profesa esta creencia tendrá que leer (y releer) El novelista ingenuo y el sentimental. Son las Ponencias Norton que Pamuk dio en la Universidad de Harvard en 2009 sobre el arte de la ficción. Cuando Harvard le propuso encargarse de estas ponencias, su primer pensamiento fue: “Esta puede ser la única oportunidad que tenga en mi vida de juntar todos mis pensamientos, todas las cosas que he aprendido de leer libros, todas las cosas que he experimentado en treinta y cinco años de escribir novelas”.

Y así lo hizo.

Entonces aquí descubrimos un tesoro: la sabiduría de un gran novelista sobre su vocación. Pamuk dice que cuando, en su juventud, empezó a tomarse las novelas en serio, también aprendió a tomarse la vida en serio.

Amén.

Cuando Pamuk, con su voz metódica y a veces tartamudeante, atiende su teléfono en Nueva York, lo primero que dice es lo siguiente: “Esperaba su llamado. Tiene treinta minutos.”

-¿Cómo cambió su relación con sus lecturas favoritas través del curso de su vida?
-Cuando uno relee una novela…bueno, primero te das cuenta de que son, por ejemplo, ochocientas páginas. En una segunda lectura, tal vez relees sólo unas cuantas de esas páginas. Y te vas dando cuenta de que la mayoría de las cosas que lees en una novela te las olvidas. Pero te quedas con una impresión. La alegría. El gozo. La sensación de descubrimiento que esa novela te dio. Muchos de los detalles se olvidan. La segunda vez que lees la novela prestas atención a otros detalles. La primera vez estás atento a lo que va a pasar, a quién se va a casar con quién. En cuanto uno más lee una novela más le presta atención a las cosas finas. Por ejemplo, el bolso pequeño rojo que Anna Karenina lleva con ella al principio de la novela o al fin de la novela cuando está a punto de suicidarse. Releer es ver cosas diferentes cada vez. Y, por supuesto, somos felices cuando vemos y encontramos estas cosas. Comenzamos a hablar con el libro. Me importa mucho la relectura porque redescubro el libro pero también porque me doy cuenta de cómo yo también  he cambiado. En mi juventud leía como un animal hambriento que se devoraba todo. Sólo para tener una idea de lo que estaba pasando en el mundo. Ahora, más tarde en la vida, leo más lento y le presto atención a detalles mínimos, pequeñas coincidencias; le presto más atención a objetos y colores.

-Hay escritores que dicen que ya no leen más ficción. Aparte de releer los clásicos, ¿usted está siguiendo lo que pasa en la literatura contemporánea?
-La obra de Roberto Bolaño es algo nuevo y excitante que he descubierto. Pero también es cierto que mientras uno envejece el deseo de descubrir ficción novedosa sigue allí, pero también hay una angustia: Dios mío, tengo tantos libros para escribir –llevo tanto tiempo planificándolos– que preferiría escribirlos que seguir lo que está pasando en la literatura actual. Es inevitable que uno siempre esté interesado en la nueva máquina, como un ingeniero quiere saber sobre las nuevas técnicas, los nuevos sistemas de ingeniería. Uno siempre tiene curiosidad sobre los nuevos escritores, especialmente las técnicas que utilizan. Pero por otro lado, una vez que te das cuenta de que la vida se te hace más corta, leer a otros escritores solamente por placer… desgraciadamente, eso lo hago menos. Leo nuevos autores para descubrir técnicas, formas de ver las cosas; para eso sigo leyendo. Puedo decir que continúo leyendo más por la técnica y menos por el disfrute.

-¿Cuáles son los valores y cualidades más importantes que debería tener un buen novelista?
-Primero, los valores del artesano, como paciencia, respeto por la tradición, fortaleza. Estas son las cualidades que requiere un novelista. Escribir novelas, para mí, es sentirse un atleta que está corriendo un maratón. Hay que tener paciencia. Tienes que tener fortaleza. Tienes que aceptar que esto es tu vida. Todo el mundo se está divirtiendo afuera en la calle, es sábado por la noche y la gente está de fiesta y tú estás solo en tu casa escribiendo. No tienes que entrar en argumentos contigo mismo, diciendo: “¿Por qué no salgo? ¿Por qué no me divierto? ¿Por qué no vivo más?” Uno tiene que tomar estas decisiones temprano en la vida. De alguna forma, ser un escritor –para mí– es irse a un monasterio. Una vez que estas decisiones básicas de vida se han tomado entonces hay otras cualidades que son importantes. ¿Y cuáles son estas cualidades? Creo que son las más creativas: ser curioso, mirar cosas que nadie había mirado antes.

-¿Cómo se aplica esto a su obra?
-Siempre me he considerado un escritor experimental que también puede ser popular. Entonces siempre estoy buscando una nueva técnica, nuevas formas de mirar y formas de representar el mundo de una manera distinta. Combinar cosas que nunca estuvieron juntas. Por ejemplo, mi novela El libro negro es una combinación de literatura islámica clásica y mística junto con un retrato de la vida cotidiana en Estambul. Una combinación de literatura tradicional islámica y literatura posmoderna experimental. Siempre me preocupa juntar cosas de diferentes fuentes.

-Usted aprendió a escribir novelas solo. ¿No es su vida, entonces, un ejemplo de lo superfluo que son las clases de escritura creativa o los talleres?
-Tal vez, pero no quiero decirlo porque les causará daño a mis amigos en la Universidad de Columbia que enseñan la escritura creativa. Yo soy un autodidacto. Muchos escritores en el mundo no occidental, donde las universidades son limitadas y donde los gobiernos reprimen la libertad de expresión, son autodidactos. Yo soy un caso típico.

-¿Cómo fue su relación con la universidad?
-No perdí mucho tiempo aprendiendo cosas de profesores en la universidad porque eran realmente aburridos. Me gustaba leer lo que yo quería leer. Me siento afortunado que tuve un padre que me daba dinero para comprar libros. Leía lo que a mí me importaba en vez de estudiar en la universidad. En ese sentido, la literatura es algo que mayormente uno se enseña a sí mismo. Es una cosa tan personal.

-¿Y cuáles son sus opiniones sobre el libro en sí –el objeto– especialmente en este amanecer del eBook?  
-Me gusta tener un libro físico en mis manos. Me gusta subrayarlo. Y si voy a releer un libro me gusta tener el mismo libro. Hasta me importa el olor de los libros. Por otro lado, no soy reaccionario o conservador con Internet, con los iPads u otros dispositivos de eBooks. Los libros digitales son importantes también en el sentido de que los puedes llevar por todos lados. Yo viajo mucho y necesito los libros digitales. Pero por más que sea un libro impreso o sobre una pantalla, en fin la lectura se trata de tu imaginación. No es el papel o la pantalla que cuenta; son tus ojos que ven las palabras. La lectura es una cosa muy activa que hace la imaginación. No creo que ningún medio nuevo cambiará el acto básico de leer. Lo que está en juego acá son las economías. Internet, probablemente dentro de poco, nos dará acceso a todos los libros de todas las bibliotecas. ¡Es un sueño! ¡Es un sueño borgeano! ¿Cómo podría yo menospreciar esto pensando, Oh, los libros viejos huelen mejor? Entiendo que no genera el mismo cariño, pero Internet nos está dando una interminable cantidad de textos. Y esto es importante, especialmente en países pobres.

-Usted en este libro dice que el fin de la escritura, y de la pintura, es alcanzar una inmensa felicidad. ¿Hubiera podido seguir obteniendo esta felicidad sin haber publicado?
-Creo que sí podría haber sido feliz pintando sin tener éxito o sin exhibir. Pero no pasa lo mismo con la escritura. Al fin, pintar es crear un objeto. Eso sólo te puede dar felicidad. Pero escribir es, en realidad, comunicarse. Y como escribir una novela lleva tres o cuatro años, un escritor necesita algo de éxito. Tal vez no mucho. Pero un poco para poder seguir para delante. Para poder estar feliz. Hemingway dijo una vez que tanto el exceso de éxito, como su escasez, hacen daño. Estoy de acuerdo con esto. Tiene que haber un equilibrio. Demasiado éxito te puede poner demasiado contento. Demasiado contento para pensar creativamente. Tengo tantos buenos y viejos amigos que han trabajado toda su vida; y algunos que no han tenido éxito se han puesto amargos, tristes y melancólicos. Su obra ha sido destruida por la falta de éxito. De hecho, ser un escritor es balancear la felicidad con la tristeza de tal manera que logras que tu psicología esté en buenas condiciones para escribir ficción.

-Usted parece haber manejado bien el éxito. Más un éxito inimaginable, como un Premio Nobel…
-No sé si soy exitoso. Que recibas el Premio Nobel no significa que tengas éxito. Yo intento escribir novelas que me encantaría leer. A veces creo que lo logro y a veces pienso que tendría que haberlo hecho mejor. No hay final para los criterios personales interiores. Socialmente parezco exitoso. Eso es importante por un rato. Es bueno. Pero a fin de cuentas sigo creyendo que cada vez que tomo la lapicera para escribir una novela nueva quiero que sea mejor que cualquier cosa que he hecho antes. Sólo se puede seguir de esa forma. Uno puede escribir una buena novela sólo si se olvida de que si uno es exitoso o no.

-Los pintores parecen poder ser productivos hasta una edad muy avanzada, mientras que los novelistas no suelen hacer su mejor trabajo en sus últimos años. ¿Está de acuerdo?
-Dostoievski escribió Los hermanos Karamazov, su mejor novela, al final de su vida. No creo que haya reglas. Hay mucha suerte y coincidencias en este tema. La mejor edad para un novelista, creo, es entre los 40 y los 60, pero no se puede hacer generalizaciones. Hay escritores que hacen su mejor trabajo a los 20 años y al final de sus vidas se van para abajo. Pero este es un tema que me pone muy nervioso. ¿Por qué me quiere poner nervioso?

-Perdón. Era una pregunta egocéntrica. Es que leí su libro y sentí que perdí el tren. ¿Hay un momento en que es muy tarde para empezar a ser novelista? ¿Puedo comenzar a los 40?
-Bueno, hay casos. Como… Bueno, está Saramago, creo. Muchos escritores hacen su mejor trabajo a una edad tardía. Pero, le digo otra vez. ¡No me ponga nervioso!

-Bueno. ¿Qué espera de su viaje a Buenos Aires?
-Para mí, ir a Buenos Aires es ir a un mito. Conozco Buenos Aires por Borges y un poco por Cortázar. Para mí es un mito literario que siento gran ansiedad de ver.

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