Un novelista por teléfono

[Originalmente publicado en Revista Ñ 04/04/14]

Por Andrés Hax

Algo raro pasó cuando llamamos a Jesse Ball por teléfono hace unos días. Eran las once de la mañana en Buenos Aires y las nueve de la mañana en Chicago, donde vive el aún joven novelista (tiene 36), que también se dedica a hacer pequeños dibujos de enigmáticos personajes sobre servilletas de papel (ver: Drawings on Napkins,http://jesseball.tumblr.com). En realidad, lo llamamos por Skype y no por teléfono. Sonaba el tono y esperábamos ver su cara en la pantalla cuando atendiera, pero contestó y no hubo imagen desde el otro lado. Fuimos para adelante nomás con el cuestionario (la entrevista saldrá pronto en Ñ ). Mientras Ball contestaba nuestras preguntas, de fondo se escuchaba viento y también el canto de algunos pájaros. Y a veces, además, parecía que le faltaba un poco el aire a Ball. ¿Desde dónde nos hablaba?

Uno de los temas de interés de Ball son los sueños lúcidos, la práctica de darse cuenta, dentro de un sueño, de que estás soñando y –de esa manera— poder actuar con voluntad dentro de ese sueño. De hecho, Ball enseña una clase sobre este tema en el School of the Art Institute de Chicago. Uno de los ejercicios elementales para comenzar a tener sueños lúcidos es preguntarse durante el día: “¿Estoy soñando?” Esto te obliga a cuestionar la realidad y también, eventualmente, a hacerte la misma pregunta dentro de un sueño. Y al darte cuenta de que efectivamente estás soñando, podrás hacer lo que te dé la gana; podrás volar, por ejemplo.

Por esos ruidos primaverales intercalados con la voz de Ball –que nos hablaba de sus extraños métodos de composición y de su filosofía de la vida– daba la sensación de que nos hablaba desde un sueño. Al concluir la conversación, le preguntamos: “¿Nos podrías contar desde dónde nos estás hablando?” Esperábamos una respuesta escueta como, estoy sentado en mi cuarto al lado de la ventana , pero lo que contestó fue esto: “Estoy parado en un campo cubierto de nieve. A un lado hay una puerta en una reja. Hay árboles. Cada árbol está separado, uno del otro, por dos o tres metros en una especie de constelación a través del campo. Y todos están sin hojas. Supongo que es eso lo que lo hace un campo y no un bosque, que los árboles estén sin hojas, porque es invierno. Una vez que tengan hojas se va a parecer más a un pequeño bosque. Hay una reja negra al otro costado y hay un grupo de trabajadores desayunando cerca de un camión.” Nos relataba esto buscando las palabras con cuidado, encontrando la descripción de cada elemento mientras lo observaba. Dentro de nuestra imaginación aparecía una imagen como un pequeño y perfecto cuadro impresionista en una sala olvidada de un gigantesco museo. Nos preguntábamos en silencio “¿Estamos soñando?”, y la respuesta no nos resultaba tan segura.

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