Jesse Ball: ““Siempre estamos huyendo de quien pensamos que somos.”

[Originalmente publicado en Revista Ñ 12/05/14]

Jesse Ball. El autor de la celebrada novela “Toque de queda” devela su curioso método de escritura.

Por Andrés Hax

Toque de queda, una breve novela en tres partes que los críticos perezosos insisten en designar como “experimental” (principalmente porque tiene media docena de páginas con tipografía muy grande), es una obra que podría compartir un estante con los cuentos de Kafka, La calle de los cocodrilos de Bruno Schulz, un álbum de los dibujos de Odilon Redon y un DVD de las películas de los Hermanos Quay. Tendrán que pasar varias décadas para ver si comparte la calidad de esas obras, pero desde ya pertenece al universo circunscrito por estos artistas que descubren inquietantes realidades detrás del desgastado velo de lo cotidiano.

Toque de queda es un libro onírico y un poco siniestro; el protagonista es un padre soltero (con una hija imaginativa), ex violinista, que se dedica a componer los epitafios de las tumbas de un pueblo que está bajo una extraña opresión totalitaria. En el centro de la historia hay una obra de títeres en la cual ocurre una vertiginosa inversión: los muñecos cobran una chispa de vida y comienzan a manipular la realidad de los espectadores. Se lee rápidamente pero permanece en la memoria del lector como una memoria real y no simplemente como el recuerdo de un libro.

Si les resulta posible, léanla de un tirón. Lo ideal sería tomarse un día de semana (mintiendo a su jefe que está enfermo o enferma) e ir a una plaza por la mañana para comenzar a leer. Luego vayan a un café –de los que permiten quedarse horas mirando hacia la calle por un gran ventanal. Finalmente, busquen otra plaza para terminar la lectura (es otoño, abríguense bien). Pasado un tiempo leerán la última página del libro, preferiblemente a la hora del crepúsculo. Mirarán a los niños en sus últimos juegos desesperados. Es que luego tienen que volver a casa para bañarse y cenar e irse a dormir y no quieren (la novela está permeada de ese tipo de desconsuelo). Así, con el libro cerrado entre sus manos, pregúntense (pero muy en serio): ¿Esto fue un sueño?

Estas recomendaciones están motivadas por razones concretas. Jesse Ball escribe sus libros con el ideal de que sean leídos de principio a fin de un tirón. Es más, escribe solamente una vez por año y en un espacio de dos semanas. Lo que leemos –nos asegura– es el primer borrador, lo que le salió de un impulso, como si lo hubiera soñado. Hablando por teléfono con él, le preguntamos si este método no era una trampa o, directamente, vagancia. Nos dijo que no. “Tengo amigos que son pianistas concertistas. Pienso en mi proceso de escritura como si fuera una performance en vivo. Los pianistas se suben al escenario y si tocan una nota fallida de vez en cuando no es tan importante. Lo que es importante es que haya un hilo claro que atraviesa la pieza entera. Además, es crucial que los errores estén presentes, porque son propios del intérprete. La razón por la cual laperformance tiene sentido es por la vida que la sostiene.” Ball tiene 36 años. En todas sus fotos parece ser una persona distinta. Su primer libro fue un volumen de poesía publicada en la prestigiosa casa editorial, Grove Press. Siguieron cuatro novelas de las cuales Toque de queda es la tercera. “Haber comenzado con un libro de poemas me dio libertad –explica Ball– para desarrollar mi estilo de prosa sin ser cuestionado. Si no hubiera dicho que el libro fue escrito en seis días, nadie lo sospecharía. No creo que la artesanía de los libros revele apuro. Hay gente que escribe libros como un relojero suizo. Pero mi método es el único que intenté. No descarto que otro método pueda dar mejores resultados.” Ball se gana la vida como profesor en el School of the Art Institute de Chicago dictando clases de escritura. Pero, maravillosamente, cumple esta tarea dando dos materias eclécticas: una sobre mentir y otra sobre los sueños lúcidos. Los sueños lúcidos ocurren cuando uno toma conciencia, dentro de un sueño, de que está soñando y a partir de allí logra actuar con voluntad dentro del sueño. Para Ball, escribir comparte mecanismos básicos con los sueños y la mentira. Aunque hay una trama clara en Toque de queda (un padre que tiene que dejar a su hija con vecinos mientras va a una reunión clandestina, violando el toque de queda de un gobierno totalitario, exponiéndose al peligro de muerte), muchas veces irrumpen observaciones desconcertantes y poéticas como: “Existe la teoría de que el sol está constituido por miles de soles que están en guerra con los demás. Es una teoría desacreditada, pero nunca la refutaron”.

Hablando con Ball nos sentimos cómodos al punto de permitimos hacerle una pregunta que escuchamos al poeta chileno Gonzalo Rojas hacerse a sí mismo y que nos ha atormentado desde entonces: “¿Por qué escribir? ¿No sería más noble y honesto guardar silencio?” Responde Ball: “Siempre estamos huyendo de quien pensamos que somos. Una versión de ti mismo aparece y la investigas y decides: sí, este es quien soy. Entonces, llegas a una imagen de ti mismo, pero después llega un nuevo día. Te vas a dormir. Te despiertas. Te lastimas el dedo gordo y pronto esa imagen comienza a cambiar. Pero sigues con el boceto de la vieja imagen que has creado, porque es un objeto útil. Esa foto de ti mismo. Después que ha pasado un año, esa foto ha cambiado muchísimo y sin embargo, continúas usando la vieja silueta, intentando acomodarte a ella. Esto llega hasta el nivel del significado de las palabras. Después de golpearte el dedo, la palabra dedo cambia de significado”, afirma. “Cuando escribo un libro todas las cosas que pienso que pensé sobre el mundo se someten a un proceso de rompimiento y se borran. Mientras escribo el libro una nueva versión de quien creo ser aparece. Es en ese momento cuando aprendo qué es lo que pienso. Cuando no estoy escribiendo no sé qué es lo que pienso. Simplemente pienso lo que pensé la última vez que lo pensé. Escribir me permite desprenderme de estas trampas acerca de quién pensé que era.” Ball está embarcado en un proyecto literario silencioso pero enormemente ambicioso: el experimento de ligar la lógica de los sueños a la lógica de la literatura. Fue el mismo experimento de Proust, de Joyce y de Kafka. Las palabras de su novela son como las escamas desprendidas de un extraña bestia que es Ball soñando, despierto dentro de un sueño. Podemos juntarlas entre las palmas y usarlas para cubrir nuestros ojos como un ungüento.

Y de golpe estamos soñando el sueño de Ball, despiertos también. Que haya escrito Toque de queda en dos semanas puede ser mentira. Pero no importa, porque el sueño es real.

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