¿Quién matará a las vacas sagradas?

Faulkner y Hemingway mantuvieron una controversia sólo comparable con la pelea entre Mohamed Ali y Joe Frasier. Lo mismo que Norman Mailer y Gore Vidal o Salman Rushdie y John Updike. Pero: ¿por qué no hay disputas así entre escritores argentinos contemporáneos? ¿Cuál sería el efecto de que las hubiera?

Por Andrés Hax.

1.

Un reciente tuit de Open Culture nos hizo recordar un antiguo post en el que resumía las peleas verbales entre William Faulkner y Ernest Hemingway. Uno de los famosos intercambios tuvo que ver con el léxico de cada uno de estos titanes de la novela del Siglo XX. Faulkner sobre Hemingway: «Nunca usó una palabra que no se deba buscar en un diccionario». Hemingway sobre Faulkner: «Pobre Faulkner. ¿Piensa, realmente, que las grandes emociones vienen de las grandes palabras?»

Esto es solo el comienzo. La lucha entre los dos gigantes fue maravillosa, como una versión previa a la pelea entre Mohamed Ali y Joe Frasier. Los insultos, además de ser elocuentes, tenían su raíz en temas literarios profundos, por encima de los celos por la fama o el prestigio que uno tenía y el otro deseaba. Faulkner y Hemingway encaran dos formas diferentes de concebir el arte de la novela, desde el ritmo de la prosa hasta el vocabulario o los temas que trabajan. Ni hablar de cómo manejaban sus imágenes públicas: Faulkner era algo ermitaño, insistiendo que era principalmente un granjero del Mississippi rural. Hemingway era una celebridad internacional, un uber-macho que salía en las tapas de revistas internacionales reduciendo grandes animales del continente africano a meros trofeos o pescando marlines en el profundo Golfo de México.

Este tipo de situaciones no se limita a ellos dos. Acá en el sur, recordamos perfectamente la larga disputa entre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, tanto ideológica como personal, con puñetazos de por medio. Norman Mailer y Gore Vidal también se dieron duro. Vidal comparaba al libroEl prisionero del sexo «como tres días de flujo menstrual». Seis años más tarde, Mailer le tiró un trago en la cara y le lanzó un cross a la mandíbula. Salman Rushdie y John Updike se evisceraron públicamente. Ni hablar de Harold Bloom y J.K. Rowling. En los años 80, el Brat Pack literario, liderado por Bret Easton Ellis y Jay McInerney llevaron el bullying literario a una forma de arte. Uno podría seguir aumentando la lista hasta reunir el suficiente material para un libro brillante.

Pero nuestras preguntas acá y ahora son más parroquiales. En realidad, son dos. ¿Por qué no hay más disputas entre escritores en el ambiente literario argentino contemporáneo? Y: ¿Cuál sería el efecto positivo que los hubieran?

 

2.

¿Por qué no hay más disputas entre escritores en el ambiente literario argentino contemporáneo?

Lo primero para decir es que tal vez no haga falta. ¿Qué se gana tirando insultos de uno a otro? Después de todo, la literatura no es como el hip-hopdonde un DJ se agranda en gran parte humillando a otros.

Pero, por otro lado, un buen golpe bajo a veces clarifica más que varios volúmenes de crítica literaria. Por ejemplo, cuando César Aira declaró sobre Cortázar en Clarín: “Sus cuentos son buenas artesanías, algunas extraordinariamente logradas, como «Casa tomada», pero son cuentos que persiguen siempre el efecto inmediato. Y luego, el resto de la carrera literaria de Cortázar es auténticamente deplorable.” O sobre Sábato en la misma nota: “… sorprende un poco que alguien se lo pueda tomar en serio. Es un señor que tiene aristas muy risibles: esa vanidad, el malditismo… Malditismo que no condice con su personalidad. Es un señor perfectamente racional que juega al maldito. Así, se ve obligado a escribir constantemente en sus textos la palabra angustia, la palabra dolor… y claro, eso no funciona.”

Boom. De golpe, y con dos frases, tenemos que reconfigurar todas nuestras preconcepciones sobre estos dos autores a base de unos elocuentes insultos.

Si nos preguntamos por qué no ocurren más de este tipo de evaluaciones ex tempore podemos culpar tal vez a las partes del ecosistema configurada por la escritura, publicación, publicidad y ventas. Está todo entrelazado al punto de ser partes no independientes sino simbióticamente dependientes para su supervivencia. Exploramos unos puntos, siempre teniendo en cuenta que esto es un boceto hecho por una especie de Bartleby amargado. Su propósito es abrir un debate hasta el punto de ser rotundamente refutado.

Propuesta número 1. El mundo de los autores, los editores, los suplementos culturales, los talleres y los festivales literarios y hasta las librerías es totalmente endogámico. Los editores se convierten en escritores, los periodistas pasan a ser editores, los novelistas escriben reseñas. Todos se leen entre ellos mismos. Todos son, principalmente, la audiencia principal uno de los otros. En este panorama socio-profesional es lógico que no convenga criticar salvajemente a ningún protagonista de la escena, por más que esa crítica sea justa. Está en juego el trabajo de uno.

Propuesta número 2. Muchos de los autores contemporáneos, y editores, son amigos o amigos de amigos. Más allá de lo que puedan pensar sobre la obra uno del otro una evaluación franca —y dañina— no justifica perder una amistad por una opinión estética.

Propuesta número 3. Gracias a la creciente dominación de la corrección política en todo discurso público —y privado también— el insulto, el ataque, o la crítica dura se ha convertido en verbotten. Simplemente no es socialmente aceptable decir que el libro de Fulano de tal es un fracaso, es innecesario, es un ejercicio de vanidad, es totalmente irrelevante. Por más que lo sea.

Propuesta número 4. La literatura, por más que nos duela a los lectores, se ha convertido en poco menos que un arte menor. Después de los reality, después de las series, después de los programas de chismerío, después de los deportes, las noticias, después de la política, ¿cuánto tiempo le queda a la persona común y corriente para leer novelas?

Un estudio del 2014 concluyó exultante que la Argentina es uno de los países de Latinoamérica que más lee, con 54% de la población leyendo al menos 1 libro por año. Si no se lee, en qué contexto se puede evaluar una declaración como “Roberto Bolaño es el autor más sobrevalorado de los últimos tiempos” por ejemplo, que molesta a un pobre muerto incapaz de defenderse.

Ninguna disputa literaria, salvo que haya una celebridad o un millonario de por medio, va a entrar al radar de la conciencia pública. Las novelas ya no importan, salvo para nosotros que las leemos (y escribimos). Con suerte, de las tiradas de 1500 ejemplares se vende un 30%.

Obviamente no hay que aplicar una brutal mentalidad capitalista a la producción literaria. Hay obras que tuvieron ínfimas tiradas que ahora son monumentos de la cultura. No todos los escritores escriben para tener grandes ventas. Al contrario, muchos de los más importantes libros contemporáneos argentinos tienen, por ahora, poquísimos lectores.

Pero también hay que guardar que la vibrante e importante industria editorial independiente de la Argentina no se convierta en un club de amigos o una mera imprenta de vanidades. Un poco de sangre en el discurso sobre qué es bueno y que es malo —y por qué— sería un paso para prevenir la caída de este tesoro cultural en la irrelevancia.

Propuesta número 5. Desde Beckett, Pynchon, Salinger y Cormac McCarthy (para nombrar algunos reclusos) se puso de moda de que el novelista tiene que huir de su persona pública. Que lo único que importa es su arte, que no tiene por qué opinar de política, de sus colegas, del estado de la industria o del arte de la novela en general. Pero no hay arte sin ideología y si te presentás a una entrevista o a un festival literario es razonable que te veas exigido a dar opiniones fuertes sobre lo que es bueno y malo en tu campo.

Una excepción notoria es Mario Vargas Llosa, pero sus ideas solo suelen caer sobre los ya convencidos de su discurso. Le vendría bien un contrincante de mismo peso literario, pero del otro polo ideológico, para crear un debate fructífero y no simplemente un discurso por megáfono.

Propuesta número 6. Los novelistas actuales no suelen venir de profesiones fuera de las letras. No hay médicos, ingenieros, economistas, políticos, obreros, militares devenidos hombres y mujeres de letras. Con esta situación, la esfera de temas que se pueden debatir con inteligencia y profundidad se limita drásticamente. También, hay menos lectores interesados en la novela por este mismo motivo. Sus temáticas demasiadas veces caen en situaciones domésticas fuera del duro quehacer del mundo. Con lo cual la disputa entre ellos es de ninguna importancia, salvo para ellos.

Reiteramos, estas son ideas, tal vez ofensivas, con el propósito de ser debatidas, o refutadas.

 

3.

¿Cuál sería el efecto positivo de que los autores se pelearan entre sí?

Efecto número 1. Crear una crítica literaria informal fuera de los circuitos de las reseñas dominicales y el gueto de Facebook. Todo está demasiado polite y tímido. Todo es reverencia soporífica. Dentro de este escenario, la escritora o crítica que se anima a defenestrar una obra es etiquetada como una resentida o como una artista fracasada que, al no poder producir, disminuye los logros de otros que sí pudieron crear.

Es verdad, sin embargo, que una mala reseña puede afectar la posibilidad de que un lector llegue a una novela maravillosa. Hace poco en la sección de Ideas de La Nación una reseña defenestró la nueva novela de Elena Ferrante. Era una buena reseña y todos los puntos eran válidos, pero era un punto de vista. Tal vez hubiera servido tener otra reseña a su lado expresando una posición a favor.

Efecto número 2. La literatura se trata con demasiada reverencia. La actitud a priori es que es una actividad sublime, noble y de gran utilidad espiritual. Esto es un ideal. En realidad, es una actividad más, como construir edificios, educar a los niños, o hacer política. Los ideales siempre tienen que estar puesto a prueba. Una crítica —o hasta un insulto— podría desacralizar esta actividad por lo bien. Y dada la endogamia profesional que existe —no solo acá, sino también en Madrid y Nueva York— tener un circuito informal en el cual se hablan de nuevas novelas sin tapujos, sin un respeto automatizado, podría revitalizar el mundo literario.

 

 

Tareas para el Hogar

Con la consigna de la nota, les dejamos unas Vacas Sagradas para descuartizar, si se animan.

  • ¿Alan Pauls merece la reputación que tiene? ¿Por qué todos se burlan detrás de su espalda (como en esta cuenta de Twitter) pero no en la prensa?
  • ¿El juego de César Aira de no hablar con la prensa argentina (pero sí con la extranjera) tiene sustento o es un acto de divismo?
  • ¿Es legítimo publicar como novela libritos de menos de 100 páginas con fuentes grandes y márgenes amplios? ¿No es, en realidad, un cuento algo largo?
  • ¿No hay escritores y escritoras que, tras publicar una novela excelente, se apuran y siguen publicando libros mediocres simplemente para mantenerse en el juego, para no salir del discurso público literario?
  • ¿Los talleres literarios tienen una función legitima? ¿Ayudan a crear nuevas obras literarias dinámicas e importantes? ¿O simplemente alimentan las esperanzas vanidosas de jóvenes que no tienen el talento, las lecturas o la disciplina para ser, aunque sea, novelistas mediocres?
  • ¿La influencia de los suplementos literarios de los grandes diarios es positiva o sólo alimenta a la industria editorial? ¿O es, directamente, irrelevante?
  • ¿Por qué los jóvenes se desvelan en escribir novelas o artículos cuando el pago es tan paupérrimo y las repercusiones tan efímeras?
  • ¿Los premios literarios están arreglados?
  • ¿No se ha agotado ya el tema de los 70 en la narrativa contemporánea?
  • En los Estados Unidos hay un fuerte movimiento-debate argumentando que los hombres blancos heterosexuales ya no deberían ser publicados. Ya tuvieron su momento. ¿Están de acuerdo?
  • ¿La frecuente presencia de J.M. Coetzee en Buenos Aires no es un operativo político?
  • ¿La reciente reivindicación de la crónica no es, meramente, un truco del marketing?
  • ¿Qué opinan de escritores gringos, como Daniel Alarcón y Junot Díaz que usufructúan todo el poderío del mercado estadounidenses pero se hacen los latinos marginalizados, explotados por el racismo?
  • ¿Por qué no hay más literatura proveniente de sectores marginalizados? ¿No hay lectores? ¿No venden? ¿La educación en esos sectores no promueve la lectura de literatura?
  • ¿Por qué no hay por lo menos cuatro excelentes bibliotecas públicas —con todos los clásicos y novedades y con bibliotecarios capacitados para guiar lectores neófitos— en cada comuna de la ciudad de Buenos Aires?
  • ¿Por qué son tan caros los libros nuevos? Ningún lector neófito joven, laburante, se puede arriesgar a gastar 250 pesos en una novela para ver si le gusta o no.
  • ¿Por qué, en general, los jóvenes escritores son tan poco ambiciosos en sus temas, limitándose, básicamente, a ejercicios semi-prousteanos sobre su adolescencia?
  • Si la literatura contemporánea te aburre, ¿no será la culpa de la literatura contemporánea?
  • ¿No miramos demasiado al norte para nuestros modelos literarios? ¿A los soporíficos e irrelevantes Jonathan Franzen y Philip Roth, por ejemplo?
  • ¿El novelista o la novelista contemporánea se ha convertido en un burgués cómodo, más preocupado en un ingreso módico y una pequeña fama para reconfortar su ego?

 

Postdata.

En el espíritu de honestidad, el autor de esta nota confiesa que es un veterano periodista cultural, servil admirador de los novelistas publicados, y preocupado de no ofender a su red profesional. Desde los 17 años (en el verano de 1987) lo único que ha querido ser es novelista, pero no ha podido por una invencible impotencia espiritual.

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