Entrevista: Edward St. Aubyn

Edward St. Aubyn

[ Publicado originalmente en la Revista Ñ 28/7/2014 http://goo.gl/pKDG64]

Educado en la alta sociedad inglesa, su infancia fue una pesadilla: su padre lo violaba, su madre era alcohólica, y él sucumbió a las drogas. Su álter ego Patrick Melrose es el protagonista de las novelas que le salvaron la vida.

Por Andrés Hax

¡Por fin ha llegado a las librerías argentinas la celebrada serie de novelas de Edward St. Aubyn sobre su álter ego ficcional Patrick Melrose! Por ahora son las primeras tres, reunidas bajo el título de El Padre. Pronto llegarán las últimas dos, también en un mismo volumen: La Madre. En total el proyecto le llevó más de 20 años entre la primera novela, Da lo mismo (1992) y Por fin (2012). St. Aubyn, ahora de 54 años, es un refinado ejemplar de la alta aristocracia inglesa, pero su vida, hasta hace muy poco, fue un infierno. A partir de los 5 años y hasta los 8 fue violado en forma sistemática por su padre; entre los 16 y los 26 años fue adicto a la heroína, aunque terminó la carrera de Letras en la Universidad de Oxford; tuvo varios intentos de suicidio. Una vez sobrio, y con familia propia, tuvo que lidiar con la senilidad de su madre quien entregó la fortuna familiar y el chateau de verano en la campiña francesa a un falso gurú espiritual. Las novelas de Patrick Melrose, entonces, nos dan entrada a mundos desconocidos para el lector promedio: sadismo paternal, la drogadicción extrema, el ambiente de la alta sociedad y, afortunadamente para St. Aubyn, una huida y recuperación de sus múltiples infiernos.

En todos estos años, St. Aubyn ha sido un especie de autor favorito para lectores exquisitos. Para describirlo se invoca a Evelyn Waugh (por su retrato de las costumbres de la alta sociedad inglesa) y también a Oscar Wilde (por su humor mordaz). Pero podríamos nombrar además a William Burroughs (por las descripciones descarnadas de drogadicción en Yonqui ) y a Marcel Proust (por el uso directo de su autobiografía para escribir ficción). En 2006 fue finalista del Man Booker con Leche Materna , la penúltima novela de la serie Patrick Melrose. Ahora acaba de publicar una novela liviana y graciosa (Lost for Words, o Sin palabras ) que parodia las ambiciones de los escritores y también de los jueces de un premio literario muy parecido al Booker.

El 11 de junio pasado llamamos a St. Aubyn al exclusivo Hotel Carlyle en Manhattan. Eran las 12 del mediodía pero resulta que lo despertamos. Estaba en el medio de una exigente gira promocional para Lost for Words . Sin embargo, en unos segundos sus impecables modales entraron en funcionamiento. Tiene la voz que uno esperaría de un aristócrata inglés algo bohemio. “Perdón. Esperaba su llamada. Estoy muy contento de que mis libros estén saliendo en la Argentina. Solo le comenté que estaba en cama por si sueno medio lerdo…”

Leyendo “Lost for Words” tuve la sensación de que fue un libro de transición, tal vez, entre un gran proyecto literario y un nuevo comienzo.
Lo que pasa a partir de ahora es misterioso. Las cinco novelas de la serie Melrose me llevaron, entre todas, 22 años de escritura. Fueron muy difíciles, una larga excavación hacia las profundidades de un estado depresivo. Fue relatar de un modo trágico la destrucción de un ser humano y la caída de una familia. Veo el mundo como inseparablemente desolador y ridículo a la vez. Entonces, después de un proyecto tan largo…

¿Al final del proyecto, Patrick Melrose y usted se fusionan?
Efectivamente, el último capítulo de la última novela fue una especie de convergencia en la cual el autor y su álter ego se hicieron uno. Yo ya no tenía cosas para recordar, no tenía como una epifanía entrañable, un momento que podía relatar al lector, o alguna sabiduría que había planeado para el final del libro. Simplemente estaba sentado allí y no sabía cómo iba a terminar. Entonces Patrick y yo nos fusionamos en ese punto. Descubrí lo que dije en el último capítulo en el instante en que lo escribí.

¿Y cómo se sintió en ese momento, luego de más de 20 años de escritura?
Para mí, tanto como para Patrick, fue una liberación. No se trató de una libertad absoluta, sino de una libertad relativa para alguien que ha venido de una posición de esclavitud total. El protagonista fue totalmente esclavizado, o por la crueldad de su padre, o por el odio que sentía por su padre, o por su adicción a las drogas, etcétera. Estaba también esclavizado por sus memorias. Pero por fin fue capaz de entrar en el presente y comenzar a darse cuenta de lo que está pasando a su alrededor. Esa libertad básica de poder colocar su atención donde quiere, en vez de tenerla usurpada por sus compulsiones, obsesiones y memorias, es el lugar en donde se encuentra Patrick al final de la última novela.

Y después de esa liberación, escribe “Lost for Words”.
Lograr eso después de tanto tiempo me hizo tener un pensamiento muy transgresor acerca del hecho de escribir para disfrutar. Cuando comencé Da lo mismo ya había fracasado en completar cuatro novelas y pensé: esta vez, o termino una novela y la publico, o termino conmigo mismo. No había una sola cosa de mi vida que no me diera vergüenza. Era un trato brutal, pero absolutamente realista. Había tenido intentos de suicidio y sobrevivido en el hospital. En ese momento era un pensamiento natural: terminar la novela o terminar al autor. Una cosa o la otra.

¿Y ese contrato tenía una fecha de vencimiento?
Tenía 28 años cuando hice el contrato conmigo mismo y comencé Da lo mismo . Ya había abortado cuatro novelas que eran ingeniosas y literarias, nada más. No tenían ningún sentido para mí; no tenían un centro emocional. Entonces, por supuesto, no pude terminarlas. Eran una forma de evitar decir lo que tenía que decir. Entonces comencé Da lo mismo con una mentalidad muy áspera: iba a ser tan difícil hacerla que la alternativa para no hacerla sería matarme. Era en serio, y funcionó. Fue una novela muy difícil de escribir; era tan transgresora, era tan tabú, era una fuente de tanta vergüenza… La escribí con una toalla en mi cintura en vez de usar una camisa porque me corría el sudor.

¿Eso es literalmente cierto?
Es literalmente cierto. Chorreaba sudor. Me tenía que recostar en el piso; pensaba que me iba a infartar. Mi novia española, Ana Corberó, venía y levantaba las hojas empapadas de sudor, con la tinta corrida, y tipeaba lo que había escrito en el cuarto de al lado. Era un sonido muy reconfortante. Yo no sabía tipear.

¿La clave fue tomar la decisión de escribir sobre su vida?
La clave fue que tenía que enfrentarme con las cosas que menos ganas tenía de contar. Para mí, la clave de escribir ha sido no decir lo que quiero, sino decir lo que no quiero. El verdadero tema yace en lo que no quieres decir, o que no puedes imaginarte cómo decir, o al que no puedes imaginarte cómo acceder. O la cosa que se siente casi inefable, indescriptible. Si tienes algo que te mueres de ganas de contar al mundo, ve a almorzar con un amigo y cuéntaselo a él.

¿El punto es que sea difícil escribir?
Exacto. Si no hay resistencia en el material para mí, por lo menos, no se puede terminar la novela. Tengo una imagen en mi mente cuando pienso sobre esto y es que hay un océano furioso de clichés y de trivialidades y de cosas que todo el mundo ya sabe. Y después, al otro lado, hay un pozo profundo de lo indescriptible. Las cosas que realmente no se pueden expresar en palabras por nadie. Y entre los dos hay un atolón, como un camino angosto de arena, y es allí donde está la acción. Las cosas que apenas son imposibles de ser expresadas en palabras, pero que no son clichés. Cada uno de nosotros debe encontrar su atolón y trabajarlo. Supongo que la respuesta a tu pregunta –que originalmente era sobre Lost for Words – es que ese fue el contrato a partir del cual yo comencé Da lo mismo . Y cuando lo terminé pensé, “Bueno, eso funcionó”. Y nunca me animé a quebrar el contrato. Escribí los libros Melrose con esa mentalidad.

¿Con “Lost for Words”, eso cambió?
Lost for Words es, de alguna manera, un experimento, tanto metodológico como psicológico. Pensé, ¿Podría disfrutar de escribir un libro que la gente disfrutara leer? ¿Podría escribir un libro de una manera que, en vez de reescribirle cada página entre cinco y cincuenta veces, y después entregarlo a un editor para que no le cambiara nada…? ¿Podría reducir el nivel de control obsesivo de mi parte, y de mi narcisismo, tanto como el nivel de crueldad y amenaza del proceso? ¿Lo podría convertir en algo agradable, colaborativo, y escribirlo relativamente rápido? Creo que  Lost for Words  es un libro gracioso. La gente se ríe cuando lo leo en festivales. Es un libro cómico, pero aun así tiene unos temas serios. Es como lo inverso de los Melrose: hay violación, drogadicción, insultos y odio, pero también hay escenas desopilantes. Supongo que soy alguien que siente que es imposible, o que no es verdadero, hacer una separación formal entre lo solamente trágico y lo solamente cómico. La vida es siempre, inextricablemente, claroscura.

Tengo una pregunta que está relacionada con su obra, y que siempre me ha incomodado. Uno se reconforta tanto leyéndolo, aun cuando el tema del libro sea el relato de una catástrofe. Es la misma sensación que se siente cuando se leen memorias sobre el holocausto, por ejemplo. Yo puedo decir que disfruté sus novelas, pero en realidad lo que relatan es un espanto. ¿Cómo puede ser esto? Porque, obviamente, no es un placer sádico…
Escribir es una comunicación entre dos personas: el escritor y el lector. Es una comunicación privada. No es teatro, no es cine u ópera. Es simplemente esta comunicación individual. Lo que yo encontré como lector –para responder a tu duda– es que tiene que ver con reconocimiento. Cuando reconozco un pensamiento, cuando reconozco un sentimiento, algo resuena dentro de mí. Alexander Pope tuvo esta frase famosa: “Frecuentemente pensado pero nunca tan bien expresado”. Frecuentemente has pensado algo, pero cuando lo ves expresado, eso redime tu soledad, te sientes menos atormentado y menos aislado. Todo el mundo ha sufrido. Eso es lo que hacemos. Yo he escrito sobre un tipo de sufrimiento en particular en un escenario particular, pero bueno, eso es lo que tienes que hacer en una novela. Tienes que tener un contexto en particular y los personajes tienen personalidades y se comportan de ciertas maneras. Pero debajo de eso está el cuento universal que es que todos han sufrido y todos quieren saber cómo su identidad ha sido formada. Y todos quieren saber cómo carajo salirse de eso. Cómo salir del sufrimiento y salir de la trampa de su propia personalidad y moverse hacia una libertad más grande. Entones pienso que la gente reconoce que esto es un relato sobre la trampa del sufrimiento en la cual todos estamos metidos. ¿Y qué vamos a hacer para salir de ella? Es una aventura de ese tipo.

Se ha dicho que escribir le salvó la vida…
Es arrogante, es irreal pretender que uno es un autor que salió del infierno cantando. Muchas personas me han ayudado. Y sin su ayuda no estaría ni vivo ni hubiera podido ponerme a escribir. Dicho eso, tuve que trabajar mucho y fue muy desagradable. Al principio no me ayudó para nada. Me hizo sentir peor. ¿Te puedes imaginar  Da lo mismo haciéndote sentir mejor? Por supuesto que no. Pero no hay duda de que el final del proceso, algo que fue como una hélice en mis tripas, se ha convertido en un objeto. No pienso más en esos temas. No pienso cosas sobre las que antes no podía parar de pensar. Eso es grandioso.

–Finalmente, ¿qué pasó con el contrato? ¿Se rompió, o aún está vigente?
–Lo puse sobre el fuego y lo vi incinerarse. No voy a volver a usar un contrato tan cruel y putativo. Es lo que necesitaba en ese momento. Ahora me gustaría escribir bajo un contrato completamente diferente, que no intentaré poner en palabras. No lo he formulado y ni siquiera necesita ser formulado. Pero tiene que ver con el entusiasmo en vez de con la amenaza del suicidio.

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