Por Andrés Hax

[Publicado en La AgendaBA el 11 de marzo de 2025]
“Estaba en su casa cuando de pronto escucha un golpe fuerte en el patio del edificio. Su hijo jugaba ahí con un amigo, asi que pensó que les había pasado algo. Corrió hasta la ventana y vio algo terrible: un hombre de había tirado desde el edificio de al lado. ¿Qué pasó con ese hombre? ¿Por qué se mató? ¿Cómo se sigue viviendo ahora con el fantasma de esa muerte dramática?“
1.
Primero fue el golpe, como el de una puerta blindada cerrándose con furia. Después, el grito desesperado del primer piso: ¡SE CAYÓ ALGUIEN! ¡ALGUIEN SE CAYÓ! Desde el segundo piso, mi esposa instintivamente pegó un aullido como el de una loba que, al volver a su guarida, encuentra a su cría desmembrada y sangrienta, y aun pulsando con sus últimos alientos.
Yo estaba en otro cuarto dormitando sobre un sillón, con una novela que me aburría caída en el piso. Y entonces apareció como un trueno una intensa amenaza, una desesperación pura, pero aun sin fuente identificable. No sabíamos que la muerte estaba entre nosotros, sobrevolando, tapando el cielo y flotando entre los cuartos y pasillos como una bandada de rancios murciélagos. El tiempo dejó de existir, como cuando el agua, al alcanzar el grado cero, se convierte en hielo.
Fui corriendo al pequeño jardín de la terraza que mira al pulmón de la casa. Iba flotando, sin tocar el piso, como los colibríes que se suspenden en el aire levitando de flor en flor. Me acerqué a la baranda y miré para abajo, al pulmón de nuestra casa. Había un cuerpo boca abajo con las piernas y los brazos extendidos. Imaginé que mi hijo, con su amigo, habían estado jugando al fútbol y que uno de los dos había recibido un pelotazo accidental en la cara que lo había dejado palmado. Pero el cuerpo no se movía. Era mi hijo, muerto. Lo pensé sin dudar.
Se me fue toda el agua del cuerpo. Mi boca estaba llena de arena. Bajé flotando por las escaleras. Allíestaba mi hijo con su amigo, los dos parados frente a la ventana mirando para abajo. Me salieron palabras como a un autómata: ¿QUÉ PASÓ? ¿QUÉ PASÓ? Mi hijo gritaba ¡SE CAYÓ ALGUIEN! ¡ALGUIEN SE CAYO! Yo repetía ¿QUÉ? ¿QUÉ? ¿QUÉ? Todas las palabras se mezclaban en un coro cacofónico. Después supe que mi hijo había pensado que el cuerpo tendido sobre el piso era el mío. Por un instante, para cada uno, el otro se había caído a su muerte. Un loop de espanto abismal.
Me acerqué a la ventana con ellos. Allí estaba el caído. Había un charco de sangre creciendo alrededor de su cabeza. El tiempo aun no existía. Solo éramos cuerpos vivos envueltos en las llamas de una energía primordial. Como derviches en un ritual de sangre bailando en ronda alrededor de un cadáver tirado desde una grotesca altura. Todo era pura existencia. El horror ahuyenta las propiedades del espacio y el tiempo. Lo había vivido antes, en otras circunstancias: con una pistola apuntada a mi cara; en un avión que se desplomó súbitamente para solo retomar vuelo tras una especie de brutal choque atmosférico.
¡NO MIREN! ¡NO MIREN! ¡NO MIREN! les gritaba a los chicos. Yo estaba en calzoncillos rotos, con una remera sucia y agujereada, y descalzo. Bajé el siguiente tramo de la escalera y llegué a la planta baja. Me tapaba los ojos por el costado, como uno se los tapa del sol, porque al final del pasillo hay un ventanal que da al patio y servía como marco de esa escena aún incomprensible.
El caído seguía en el pulmón interno de nuestra casa, que convertimos en canchita de fútbol. Sabía que se había caído desde una de las dos ventanas que se abrieron ilegalmente en medianera del edificio construido al lado, a unos cuarenta metros de altura. El departamento se destina a alquileres temporarios para turistas. Desde que nos mudamos, siempre miramos esas ventanas con desconcierto. Los huéspedes nos observan, nos filman con sus celulares, nos tiran puchos y latas de cerveza. Es vivir en un panóptico con un vigilante roñoso.
En la planta baja, e intentando salir a la calle, no encontraba las llaves de la puerta. Siempre hay un juego guardado en un bowl sobre la mesa de la entrada. Di la vuelta para agarrarlas, aguantando mis ganas de vomitar o de entrar en histeria. Me tapaba los ojos con la mano como si fuera un antifaz. A pocos metros estaba el cuerpo. Mi esposa seguía gritando, atrapada en ese huracán de pánico y horror. Ella también ya había visto el cuerpo.
Salí corriendo a la calle gritando ¡POLICÍA!¡POLICÍA!¡POLICÍA!¡LLAMEN A LA POLICÍA! El tiempo aún no volvía. Me encontraba como levantado por una ola que estaba a punto de romperse. Tampoco existía el presente. No existía nada. Tenía las tripas llenas de piedras prehistóricas.
Volví corriendo para adentro de la casa, subiendo las escaleras, levitando, huyendo de la invisible bestia maléfica. Gritaba ¡NO MIREN! ¡NO MIREN! ¡NO MIREN! Mi esposa también gritaba y lloraba. Mi hijo y su amigo estaban en el living parados con las caras blancas. ¡NO MIREN! ¡NO MIREN!¡NO MIREN! ¡VAYAN A TU CUARTO, HIJO! ¡VAYAN A TU CUARTO! Miré por última vez al patio, desde la ventana. Allí seguía el cuerpo, con el charco de sangre ya más grande. Miré hacia arriba, a las dos ventanas. Estaban abiertas y las cortinas flameaban para afuera como túnicas de un profeta maldito.
2.
Con la policía en la vereda, con los bomberos frente a la casa, con la ambulancia que, velozmente, se llevó el cuerpo, con mi esposa sentada en el umbral fumando (tras haber dejado de fumar hace años), ya estábamos todos fluyendo dentro del tiempo, nuevamente. Era casi peor. Yo también estaba fumando, y nunca fui un fumador serio. Fue el mejor cigarrillo que fumé en mi vida.
En el fluir del tiempo hay que tomar decisiones, hay que actuar, hay que pensar. Pensar en qué se va a hacer, pensar con compasión en el muerto y su familia, pensar en cómo seguir viviendo en nuestra casa. Pensar en mi hijo y su amigo. Pensar en la burocracia fría y sórdida que iba a implicar todo esto.

3.
Pronto estuve en el cuarto del caído. Fui por pedido de las autoridades, para ser testigo de la pericia inicial. Vi una silla apoyada contra la pared de la ventana. Vi una cama deshecha y una toalla, aun mojada, tirada en el piso junto a la cama. Vi una botella de jugo de pomelo a medio tomar sobre la mesa del living. Tenía el sudor de una botella que fue sacada de la heladera hacía poco. El aire acondicionado estaba prendido a 17 grados. El departamento era espantosamente minimalista.
Las autoridades hacían su trabajo metódicamente, hablándose entre sí en voz baja. Todo era un misterio. No había ni ropa, ni billetera, ni documentos, ni valijas, ni drogas o alcohol. Inesperablemente, estar ahí con ellos fue un extraño consuelo. Estas cosas pasan todo el tiempo. Según la Organización Mundial de la Salud hay un suicidio cada 42 segundos en nuestro bendito planeta. Es de lo más común del mundo. Esa es otra parte del espanto.
En ese cuarto limpio, anónimo, con el aire andando y el olor de la toalla húmeda tirada, sentí una paz que no puedo explicar. Nomás miré el suelo hasta poder irme. Podría haber sido la habitación de un hotel de 3 estrellas de un pueblito en la costa Atlántica. El huésped podría haber salido recién en chancletas para tomarse un cafecito y mirar a las familias pasar por la peatonal.
4.
De vuelta en casa, con mi esposa rodeada de vecinos solidarios, y sin mi hijo que se había ido a lo de su amigo a dormir, salí al patio. Las autoridades me habían dejado con el charco de sangre del caído. No era por maldad, simplemente se les había escapado ese detalle. El charco, ya casi negro, no me conmovió. No me esperaba sentir eso, esa falta de asco o de espanto.
En la semi oscuridad, me costó encontrar la manguera del patio. Cuando la encontré, apreté el dedo sobre el pico para que el chorro saliera con presión. Tenía unos 15 metros, así que el agua que salía al principio estaba caliente, tras varios días de una ola de calor. Apunté al centro del charco y se expandió hacía afuera, dejando un círculo más pequeño y limpio en el centro. Luego el agua empezó a salir más fresca. Tomé un sorbo y me mojé la nuca. Empecé a rodear el círculo con el chorro apuntando hacia el desagüe que está a dos metros del punto en el que impactó la cabeza del caído.
Cuando pensé que había terminado con la tarea, me puse de rodillas y, por las dudas, revisé la mancha de cerca. Vi el rastro de un círculo de sangre coagulada, como el dibujo de los límites de una isla.
Fui a la cocina y saqué de la alacena una botella grande de lavandina y agarré la escoba. De vuelta en el patio, fregué la sangre pegada al piso. Salía, pero no del todo. Desenrosqué el cepillo del palo de la escoba y me arrodillé para fregar con más fuerza. Volví a la cocina para buscar detergente en polvo. Seguí hasta que todo estuvo limpio. Ya era de noche y solo me iluminaban las luces de las ventanas donde estaban reunidos mis vecinos junto a mi esposa. A la mañana siguiente bajé nuevamente a ver. Había unas marcas negras que se mezclaban con las de las botas de las autoridades que habían hecho la pericia en el patio. Solo son visibles para mí. Las dejé. Memento mori.

5.
Ahora ya pasaron los días, pero no pasó el horror. Solo aumenta. Es como si nuestra casa estuviera poseída por otro ser, uno invisible que trepa por el techo, que mira por las ventanas, que hace el sonido del cuerpo estrellándose sobre el piso del patio. Hay ráfagas de viento anticipando el otoño, y las puertas se cierran de golpe, y nos despertamos quietos, esperando otro caído.
Perfectamente podría ser un fenómeno de autosugestión, pero hay cosas que innegablemente van pasando. Me corté el dedo casi hasta el hueso con una mandolina; entraron ratas a la casa; aunque nunca antes tuvimos, ahora hay cucarachas en la cocina, en los baños y en el cuarto donde ahora escribo. A una visita, en un asado ameno entre familiares, le agarró de la nada un brote inesperado de violencia y descontrol. Cada día es peor. Entró el insomnio a casa. Es una casa donde ya no se duerme. La larga noche es una espera de la próxima desgracia.
6.
A solo dos días de la caída, el departamento temporario ya estaba alquilado nuevamente. Suelen ser alquileres de una o dos noches. Cada día hay alguien mirándonos por la ventana de donde saltó el caído. Los nuevos huéspedes no tienen la menor idea, no saben que en su cama antes descansó un suicida, que se duchan donde el caído se tomó su último baño.
7.
Soy ateo. Una mañana, antes de que abra el mercado donde compro facturas, entro a la iglesia que queda enfrente. Está vacía. Son las siete de la mañana y el mercado abre a las ocho. Pasando el umbral, me arrodillo y me persigno, como cuando era un niño y me llevaban a misa. Un automatismo. Un por las dudas. Voy hasta el primer banco y me quedo mudo. No me arrodillo. No pido nada. No hago ningún trato con el crucificado. No rezo. No pido nada. Solo espero que abran el mercado para llevarle un desayuno a mi familia.
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Andrés Hax
Nació en Boston, Massachusetts en 1970 y vive en Buenos Aires desde 1996. Por diez años, fue redactor de La Revista Ñ del Diario Clarín. Luego escribió en varios medios, incluyendo La Nación e Infobae. Publicó la novela Ol de Pritty Jorses (17 grises, 2019), una traducción de cuentos de William Trevor (Edhasa, 2020), y una entrevista suya fue incorporada en el libro Conversations with James Salter (University of Mississippi Press, 2015) En Instagram es @andres.hax.pics